La partera lloró cuando
puso al bebé sobre el pecho de la madre.
Apenas un rato antes
había gritado eufórica que era un varón, pero en cuanto prestó atención al
rostro y el resto del cuerpo, supo que los augurios no eran buenos.
Sus dotes de bruja le
adelantaban que la ceguera sería permanente, y en cuanto al resto de sus
deformidades, podría decirse que Zhao no era un ser humano tradicional. Costaba
adivinarle los brazos y las piernas entre las callosidades que surgían por
debajo de su piel. Solo la cabeza estaba mejor definida, en parte gracias a ese
par de ojos inútiles.
Zhao era el primogénito
de un matrimonio de campesinos. Era un muy mal augurio nacer débil en la aldea.
Mal presagio, mala realidad.
Durante su infancia nunca
recibió la atención médica apropiada. Los vecinos alentaban a los padres cada
vez que él enfermaba. No iba a poder trabajar en la granja ni en los campos, quizás
era mejor que muriera y los liberara así de la carga de mantenerlo.
Su madre siempre lo amó y
lo cuidó como supo y pudo, y el débil Zhao, contra todos los pronósticos, logró
sobrevivir.
Sus padres tuvieron dos
hijos más, ambos sanos, que fueron la esperanza de la familia.
Cuando fueron hombres y llegaron
a edad de casarse, los llevaron a los tres a una feria.
En un pueblo cercano
solía organizarse un mercado donde la gente de la región podía ofrecer sus
productos. Con el tiempo, se había hecho costumbre también llevar allí a los
hombres casaderos para romper el aislamiento que imponían los campos.
Los padres de Zhao habían
adjudicado una pequeña dote a cada uno de los hermanos, la única forma de que
resultaran algo atractivos para las jóvenes en busca de maridos. A Zhao le
dieron una dote mayor para que tuviera alguna chance. Los otros quedaban así en
gran desventaja en cuanto a fortuna, pero podían ofrecer su juventud y
fortaleza para trabajar los campos, y todos contaban con que eso sería
suficiente.
Aquel domingo, también la
familia de Hui Ying había decidido ir de paseo a la feria. No había mucho
dinero para gastar, por eso hacía semanas que no concurrían, pero esa mañana la
joven pidió que la llevaran y así lo hicieron.
Ella no tenía hermanos ni
hermanas. Sus padres confiaban en poder casarla con algún buen partido. Hui
Ying tenía rasgos únicos en la región: la piel blanca y delicada como la más
fina de las porcelanas. Su cabello negro reflejaba los rayos del sol como un
espejo empetrolado y sus ojos tenían la profundidad de las noches sin luna.
Aquellos eran los
atributos que sus padres consideraban valiosos a la hora de conseguirle un
marido, pero nunca vieron que detrás de esos cielos oscuros de sus ojos, todo
en Hui Ying era vasto y profundo como el Universo.
El día de la feria se encontraron
con varios jóvenes en oferta. No sólo la familia de Zhao había acudido con ese
fin, sino muchas otras. Comenzaba la primavera y por alguna razón, a los
adultos les parecía una época propicia para resolver los matrimonios.
Mientras los padres de
Hui Ying observaban a cada postulante como si fuese ganado, evaluando beneficios
y utilidades, ella reparó en Zhao. No era extraordinario. La mayoría
de los que pasaban reparaban en él: su extraña figura y su mirada vacía lo
hacían algo llamativo, pero los ojos de Hui Ying vieron lo que los demás, más
ciegos que el mismo Zhao, no veían.
Lo saludó y él respondió.
Le sonrió y él devolvió la sonrisa. Se acercó y él olió su perfume y la
felicitó por el aroma delicado de su piel. Hui Ying se ruborizó y él sintió la
tibieza de su rostro.
Los pasillos de la feria
se llenaban de gente, a medida que pasaba el tiempo llegaban más y más
familias, más jóvenes casaderos, más padres en busca de buenos maridos para sus
hijas. Las dotes de los hermanos de Zhao cada vez se hacían más magras ante
semejante competencia. En medio del bullicio, la ansiedad y las angustias
entremezcladas, a pocos le importó el diálogo entre Zhao y Hui Ying. Y muchos
menos reaccionaron ante la sorpresiva aparición de una bandada de mariposas de
extensas alas azules con bordes negros que se coló por todos los pasillos y
puestos del mercado. Para cuando cayó la tarde, los padres regresaron a
buscarla con un par de candidatos en vista, pero Hui Ying insistió determinada:
quería casarse con Zhao.
Enojados ante la
rebeldía, intentaron arrancarla del lugar en el que se había parado, al lado
del muchacho, pero las mariposas se interpusieron y ya nada pudieron hacer.
Aceptaron a regañadientes pensando en que al menos recibirían el dinero, pero
en el momento de partir, Hui Ying separó la mitad y la repartió entre los
hermanos de Zhao.
-
Con
eso bastará para empezar.
Ambas familias acordaron
la fecha de la boda.
Durante la ceremonia, la
madre de Hui Ying lloró la pérdida de su hija, no porque se fuera con un
marido, que era lo que siempre había esperado, sino porque padecía aquella mala
elección de la chica como una muerte.
Los jóvenes ya casados se
fueron a vivir a una pequeña cabaña alejada de otras personas.
La vida era tal vez
monótona y demasiado tranquila, pero en ese hogar se sentía algo que no
cualquiera llamaría felicidad, pero ellos, sí.
Durante el día, la mente
de Zhao, condenada a la penumbra, hilaba visiones. Los sonidos que le llegaban
del campo le traían fragmentos que él asociaba y así construía historias en
medio de esa oscuridad.
Hui Ying las escuchaba
atenta y viajaba con él a los rincones más remotos de ese país vasto y
desconocido. Volaban juntos por encima de la aldea, y se reían de sus padres y
sus prejuicios y de su limitada idea de una existencia con el solo fin de
seguir el ritmo impuesto por siembras y cosechas.
Por momentos Zhao se
detenía en sus narraciones y le pedía a Hui Ying que lo ayudara a describir
algún color. Eso era lo más difícil para él. Dominaba los aromas de las cosas y
la fuerza del viento, la humedad del aire, el calor del sol y su ausencia en
días nublados. Pero no sabía cómo explicar los colores.
Ella entonces comenzó a
asociarlos con texturas y sensaciones.
El azul era el color de
la seda. Había varios matices de verde: el claro, de la rugosidad del bambú y
el más oscuro, de la tersura fría del jade. El amarillo eran los pétalos de las
flores del iris. El rojo tenía la intensidad de las brasas ardientes; el
blanco, la suavidad de su propia piel.
Una tarde Hui Ying
consideró que lo que Zhao le transmitía podía ser compartido, que lo que su
mente veía podía traducirse para que lo vieran otros. Tomó lo poco que quedaba
de la dote y bajó hasta el pueblo. Compró papiros, pigmentos y pinceles. Ella
no sabía escribir, así que pensó que la mejor manera de reproducir las historias
sería con dibujos.
Volvió a su casa y empezó
a pintar en cuanto Zhao comenzó un relato. Los colores que ella le había
enseñado a percibir brotaban de sus pinceles y se enriquecían en la mezcla.
Había en sus pinturas montañas, nieve, ríos, animales, cielos azules y rosados.
A veces, neblina y bruma. Había bambúes y arrozales, enormes plantaciones de
té, animales y personas tan reales que parecían moverse a través de los
dibujos.
Y por sobre todo, y en
todo, había mariposas. De alas enormes, extensas como las de un águila. De
colores vivos y combinaciones maravillosas. Todas las texturas, todas las
sensaciones de Zhao se transformaban en alguna clase de mariposa que corría
inquieta entre los protagonistas de cada historia.
Nunca le habían enseñado
a Hui Ying acerca de arte, nadie consideró que podía servirle a una chica del
campo. Y sin embargo lograba dar vida a las palabras de su esposo en cada
escena que ella plasmaba.
Apenas dos días después
de empezada la tarea, la joven volvió a bajar al pueblo. Esta vez llevaba un
morral lleno de estampas para vender. No tardó mucho. Todos apreciaban la
belleza y la vida que brotaba de esas imágenes y querían llevarse un poco de
eso. Con el dinero compró alimentos y más materiales para su trabajo, y volvió
corriendo a la casa. Zhao pudo sentir su felicidad incluso antes de que cruzara
la puerta.
Las nuevas sensaciones
inspiraban más historias en él, más visiones, que ella retrataba cada vez con
mayor dominio. Paisajes surrealistas, escenas de costumbres y de hechos
novedosos. Mariposas, mariposas por doquier.
La noticia de la pintora
de la aldea llegó al palacio del Emperador. No fue el interés artístico del
monarca sino su vanidad la que hizo que mandara a llamar a la mujer. Un
mandatario de su altura, con la fama que tenía como mecenas de los mejores
artistas del imperio, no podía ignorar el fenómeno del que todo el mundo
hablaba. Un ejército se adentró en los campos para buscarla, pero ella se negó
a acompañarlos si Zhao no iba también con ellos.
Con la llegada al
palacio, nuevos aromas dispararon nuevas historias, nuevas visiones. Zhao nunca
antes había olido el oro. Tampoco manjares como los que se preparaban en ese
lugar. Los sonidos también eran nuevos. El ir y venir de los soldados, el roce
del metal de las armas, las fanfarrias que anunciaban cada movimiento desde
apenas iniciado el día. La voz del emperador, la sumisión de los súbditos.
Hui Ying había llevado
todas sus herramientas y no perdió ni un detalle de esas nuevas ideas.
Se les adjudicó una
habitación con un taller para que ella pudiera trabajar, y el Emperador se
convirtió en el dueño incuestionable de todo su arte.
La vida entre lujos era insípida,
aún más chata que la vida en la aldea. Las historias de Zhao iluminaban los
días y los ayudaban a ignorar su condición de prisioneros disimulados como
invitados. Traiciones, secretos, personajes oscuros como nunca había imaginado
en el campo. Cortesanas, amantes, intrigas políticas, todo llegaba a la
percepción de ese hombre de cuerpo limitado y su esposa todo lo plasmaba en
imágenes, muchas serían luego censuradas por exponer en detalle la vida
palaciega.
Jamás volvieron a la
aldea. El viejo emperador murió y a su hijo las pinturas no le interesaban en
absoluto, sin embargo, respetuoso de las tradiciones, dejó que los viejos
siguieran en el palacio hasta que les llegara la muerte.
Hui Ying y Zhao no
tuvieron hijos, las deformidades del exterior de su cuerpo se continuaban por
dentro y él no podía ser padre.
Pasó el tiempo y ambos
envejecieron. Las manos de Hui Ying seguían siendo hábiles, ya expertas, para
el dibujo, pero la mente de Zhao comenzaba a cansarse. Sus descripciones se
empobrecían, su percepción no llegaba tan lejos. Lo primero que perdió fue la
capacidad de encontrar colores en las cosas. Hui Ying siguió pintando sus
amadas mariposas, pero solo de marrón opaco, un tono que no correspondía a
ninguna de las texturas que ella había encontrado, sino a la carencia de otro
color. Insectos que no existían en la realidad, que nadie nunca había visto.
Eran mariposas pobres,
tristes, algunas con manchas negras en las alas, y voracidad nocturna.
La muerte llegó primero
buscando a Zhao, una noche de invierno de la que nunca despertó.
Lo enterraron con honores
que nadie esperaba y esa misma tarde Hui Ying se ocupó de ordenar sus últimas
pinturas. Acomodó todo en el taller y se fue a dormir dejando las ventanas
abiertas.
Durante la madrugada ella
voló tras el alma de su esposo.
Las mariposas también
partieron: se desprendieron de sus papiros y volaron a invadir las ciudades,
las aldeas y los bosques. Se instalaron en los rincones y anidaron en árboles y
paredes, llenando todo de crisálidas grises.
Hacía mucho frío esa
noche. Y cuentan los ancianos que aquella fue la primera vez que se vieron las
mariposas marrones en ese país.
María Victoria Vázquez (Argentina) nació en el conurbano en 1973.
Estudió Ciencias de la Comunicación en la U.B.A. y es
docente de inglés.
Colaboradora bilingüe de la revista digital "Mi
Natura", participa en publicaciones como la revista
"Ragnarök" y "El Narratorio".
Publicó dos libros de cuentos; "Frío" (2016) y
"Salamandra" (2019), ambos por Editorial Textos Intrusos.