Quiero contarle mi hermano un pedacito
De la historia negra
De la historia nuestra, caballero
Y dice así
Joe Arroyo
I
rebelión
Del lat. rebellio, -ōnis.
1. f. Acción y efecto de rebelarse.
2. f. Der. Delito contra el orden público, penado por la ley ordinaria y por la militar, consistente en el levantamiento público y en cierta hostilidad contra los poderes del Estado, con el fin de derrocarlos.
II
Se jugaba el amistoso entre Chile y Honduras en Temuco, pleno corazón de la Araucanía chilena. Todo normal, salvo que una semana antes, cerca de allí, los carabineros de Chile habían asesinado a sangre fría a un chico de 24 años. –Todo normal– dijeron también los organizadores del partido, quienes consideraron que la muerte de un indio mapuche nada tenía que ver con el amistoso de ese martes, por lo que rechazaron por unanimidad la petición del minuto de silencio en homenaje a Camilo Catrillanca.
“Todo normal”, dijeron todos.
Y como nadie dijo nada, por un momento dio la impresión de que una vez más el fútbol iba a disimular con sus dones carnavalescos el telón de fondo de la barbarie de nuestros pueblos.
Primer síntoma: sonó el himno de Honduras, luego el de Chile. La cámara se demoró en el canto destemplado y visceral de Alexis Sánchez, luego repasó a los demás jugadores: todos cantaban convencionales, salvo el rey Arturo, entrecerrados sus ojos en otro planeta; todos lucían cívicos salvo Gary Medel soportando sobre su cuello una cara de perro rabioso que no te quieres encontrar en la media noche; todos con aire feliz, salvo Jean Beausejour, quien no cantaba y, plantado en medio de la cancha, daba la impresión de ser un pajarito encerrado y triste.
Se acabó el himno, saludo convencional de manos, foto aquí, foto allá.
Segundo síntoma: conocedores ellos mismos de lo que son los asesinatos selectivos, los jugadores hondureños abrazaron a los jugadores rivales y participaron de un minuto de silencio fuera de protocolo.
Inédito, insospechado.
(Atónitos, los organizadores seguían pensando que no era una cosa que tuviera que ver con el fútbol)
El protagonista: Para entonces, Jean Beausejour había ganado dos copas América y contaba con el privilegio de ser el único chileno que ha anotado gol en dos mundiales consecutivos. Nunca, en sus más de cien partidos con la Roja, alguien le había sorprendido esa mirada.
Los hechos: Después del abrazo y del minuto de silencio, los jugadores se sacaron los enterizos y lucieron sus uniformes para jugar. Diecisiete mil almas chilenas en el estadio estallaron cuando vieron que sobre la dorsal 15 de la Roja no aparecía el apellido “Beausejour” sino que estaba inédito, insospechado, el apellido mapuche de su madre: Coliqueo.
Las palabras: En una entrevista concedida a un medio local dos años antes de esa noche, Coliqueo había dicho:
"Lo que más aflora en mí es el haitiano, y yo, sin querer esconderlo, siempre digo que tengo la fortuna de pertenecer a dos pueblos muy revolucionarios, el haitiano, que fue la primera colonia en independizarse de Francia, y el mapuche, pueblo que nunca fue conquistado por ninguna colonia extranjera, llevé más bien el orgullo de ser mapuche" […] “"Ser mapuche es algo que viene conmigo desde que tengo uso de razón. No es algo que me haya pasado ahora con el despertar de la nueva generación mapuche. Mi familia siempre llevó con mucho orgullo el ser mapuche. Como una distinción. Yo siempre escuché que nosotros llevábamos siglos y siglos en esta tierra. Nunca fue un peso. En el colegio exigía que me dijeran los dos apellidos: Beausejour Coliqueo". […]
“En política soy re parecido a lo que hago en la cancha. Juego por los mismos sectores en ambos escenarios: por la banda izquierda. Muy pocas veces traspaso el límite de la banda izquierda hacia fuera, porque no soy extremista. Me muevo entre la banda izquierda y un poco al centro, con matices. Y no recuerdo en mis años de futbolista haberme ido a jugar por la derecha.” Y esto qué significaría en términos de convenciones– contra preguntó el periodista de The Clinic. Coliqueo amplío diciendo: Me importa la igualdad social, la educación, la salud, las cosas con que la gente tiene que lidiar todos los días. No sé nada de OCDE ni de tratados de libre comercio con la Comunidad Económica Europea, ni de IPC. No es que crea que no son relevantes, pero a mí me interesan, como dice don Joaco, “los problemas reales de la gente”. […]
“¿cómo alguien puede ser tan estrecho de mente que imagina que un futbolista, o cualquiera, sólo puede opinar sobre el ámbito en que se desenvuelve, y no pueda tener otros intereses? Creo que es importante que jóvenes que no están metidos en política se interesen por los temas del país.”–dijo Coliqueo.
III
La rebelión de Coliqueo fue la más reciente pero no la primera de los pueblos amerindios.
Primer síntoma: Rápidamente se desató sobre las islas una masacre. Embriagados por la codicia, Fray Bartolomé de las Casas cuenta con horror cómo los españoles pasaron a cuchillo a tres mil indios después de haber sido recibidos con regalos, comida y atenciones. Narra muchos otros episodios de la misma especie. Fue una masacre.
Segundo síntoma: Más veloz que la muerte son las palabras. La noticia de la masacre se propagó con una velocidad sorprendente y muchos indios de islas vecinas empezaron a sospechar de esos viajeros de tierras lejanas que vestían metales y armas de fuego.
El protagonista: Hatuey, cacique taíno.
Los hechos: Exiliado de su propia tierra y víctima en primera persona del desprecio de los conquistadores por la vida ajena, Hatuey logró inmiscuirse en territorios de Cuba para organizar, junto a las tribus taínas de ese lado de la isla, la primera rebelión de indios en América. Apenas asistimos al nacimiento de la historia, es 1512 y Hatuey es capturado por los españoles. Será ejecutado.
Las palabras: Ante los indios taínos de Caobana, Hatuey exhibió una canasta llena de oro y dijo: “Este es el Dios que los españoles adoran. Por esto pelean y matan; por esto es que nos persiguen y es por ello que tenemos que tirarlo al mar[...] estos tiranos adoran a un Dios de paz e igualdad, pero usurpan nuestras tierras y nos hacen sus esclavos. Ellos nos hablan de un alma inmortal y de sus recompensas y castigos eternos, pero roban nuestras pertenencias, seducen a nuestras mujeres, violan a nuestras hijas. Incapaces de igualarnos en valor, estos cobardes se cubren con hierro que nuestras armas no pueden romper”.
Poco antes de ser quemado en la hoguera, el padre Olmedo lo urgía a convertirse en cristiano para que subiera al cielo. Reflexivo, Hatuey preguntó: “¿Y allá hay españoles?”
Sí– respondió el franciscano.
“Entonces –dijo el cacique haitiano– prefiero el infierno con tal de no ver gente tan cruel”.
IV
Los protagonistas: Joe en la composición, Chelito de Castro en el piano, Blas el “michi” Sarmiento en los arreglos.
Las palabras: “yo pienso en el bailador, en el público. Yo pienso es en la gente” (Joe en una entrevista)
Los hechos: