Irina Roslyakova
Siguió volando por el entusiasmo del beso con el vaso en la
mano. Bailó abrazada a la sensación, y apoyada en el marco de la ventana que
estaba abierta recitó: “No sé por dónde andarás. Espero puedas ver el cielo y
sentir cómo esa luna blanca nos toca y nos corta la cara. Descalzo y en puntas
de pie apenas llegás a los pedales, yo sé que los sábados a la noche te gusta
jugar a perderte, total, todas las curvas de la ciudad desembocan en el mar.
Acá la madrugada ya acuna rumores del fin de la cuarentena, no de la
enfermedad, lo cual, en lo personal me alerta, me tensa. Qué más. El cielo se
aclara lento y constante como respuesta de anticipación involuntaria a la
primavera boreal”. Desespera la velocidad con la que la sangre bulle por sus
venas. Se quedó dormida a medio desvestirse, con el velador encendido, el vaso
de vino en la mesa de luz y la mano hundida en su bragueta. Durmió de corrido
hasta pasadas las 2, cuando las voces de ida y vuelta de un llamado en altavoz
quebraron el silencio sordo del sueño, y la transpiración del sol en la cara la
sofocó. Se despertó, toda mojada, transpirada y con sed. De reojó, relojeó la
habitación, desdibujada, fuera de foco. El resto como si nada. Ella manoteó el
vaso, se resbaló. Las pocas gotas que quedaban se derramaron sobre la almohada.
Desarmó la cama, abrió la ventana, y con cuaderno y los auriculares fue a la
cocina, a por un café. Tarareó melodías de su lengua materna acunadas en su
cabeza. Si alguien la viese, le daría la impresión que reza. Dos tazas de
caféconlechecondensada al hilo para entrar en ritmo. Todavía algo mareada abrió
el cuaderno, y leyó las últimas dos citas escritas por él con su cursiva
horrible. La primera, casi ilegible, una mala traducción de un proverbio. La
segunda, de Pina Bausch “No me interesa cómo se mueve el ser humano sino
aquello que lo conmueve” firmada con el nombre de él. La leyó otra vez, en voz
alta, contó hasta 8 y tachó el nombre. Desde la tachadura trazó una flecha
hacia abajo, y mientras recitaba escribió “Tanto que hacer el día de hoy. Matar
la memoria. Asesinar el dolor. Convertir el corazón en roca y disponerse a
seguir viviendo”. Respiró hondo inflándose el pecho y firmó: La sentencia. Ana
Ajmátova. Contuvo la respiración y el llanto hasta llegar a la habitación.
Cruzó la puerta y se desahogó. Su compañera de cuarto había salido. Se arrastró
hasta la cama. Hoy es domingo dijo. Domingo y buscó en el reproductor de música
del celular una canción que sonase al azar… No distance left to run. No, dijo,
y se sacó los auriculares. Despacio domingo, despacio. Domingo de espacios.
Tomó distancia del teléfono, lo apoyó contra la pared y entonces vio que la
pantalla reproducía el video en el que Damon, al igual que ella, se hace un
nudo en la almohada. La canción terminó y se quedó acostada en silencio hasta
que fueron las 19:09, cuando vio por el reflejo, que a pesar de que las
cortinas azules y blancas con horribles motivos circulares dorados, la luz del
sol igual se colaba en la pared blanca, sobre la cama vacía, a las veces usada
de sillón o de reposera, para leer y tomar sol. Se levantó y fue hasta la
cocina. Puso agua para un té. En ese lapso eligió el de jengibre y puso el
saquito en la taza. Abrió el cajón para ver si quedaba algo dulce no. Abrió la
heladera, sacó media manzana oxidada y le dio un mordisco. No dijo, le falta
algo. De reojo vio la miel. Abrió el frasco, sacó la tapa y ungió el pedazo de
manzana que se le resbaló y cayó dentro. El agua hirvió. Ella sonrió y metió
los dedos, no había caso. La manzana caía cada vez más adentro. Se llevó los
dedos bañados de miel a la boca. Ya tentada, vertió el agua y con la cuchara
sacó la manzana. Para no chorreara de más levantó la taza inclinándola por
sobre la boca del jarro y la metió en la taza. Vertió el agua y contó hasta
diez. Por el reflejo de la ventana de enfrente vio que se acercaba la hora de
la puesta del sol. Empuñó la taza y caminó hasta la habitación. Agarró el
celular de la cama, y con su té de jengibre limón y miel en mano puso al azar
otra canción de Blur. El hi hat marcó cuatro y sonó Tender y asomada por la
ventana la ternura fantasma se diluyó con el sol al atardecer.
Tender: Zona Bulias de #Sobre20Canciones21Ajenas.
Ezequiel.Wolf (Argentina, 1985) Militante del
caféconleche. Palabrista, locutor, docente y radiohablante, todavía escribe a
mano. Publicó la novela "Retazos en la casa del viento" (2009) y varios poemas
editados en antologías. Produjo y guionó los ciclos Terturlia Verbo Carne y
Habladurías del Mundo. Publicó "Mientras Tanto" (2019) Editorial Indómita Luz.
Escribiendo en servilletas, desunando nudos de papel, ganó
una beca para estudiar en la Universidad de Szeged, Hungría.
Textuales, Texturales y Sobre 20 canciones 21 ajenas, son
sus tres nuevos proyectos.
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