lunes, 25 de mayo de 2020

Las horas derramadas, por Pablo Di Marco




Comienzo de la novela Las horas derramadas, de próxima publicación en Editorial Dualidad.


La enfermera lo llevó por un pasillo de paredes descascaradas. En el salón lo envolvió el hedor agrio: la piel de los viejos enfermos.

Veinte o treinta cuerpos se aferraban a las horas, la vista ciega en un televisor sin sonido. Veinte o treinta despojos apenas manteniéndose a flote en aquel mar muerto.

La enfermera le murmuró algo al oído a uno de ellos y empujó la silla de ruedas hasta una esquina de la sala. Gabriel se quitó del hombro una pelusa inexistente y se sentó frente al anciano.

—¿Cómo estás? —dijo.

Dos ranuras se entreabrieron, dieron lugar a dos perlas opacas. Un pliegue profundo: la sonrisa sin dientes.

—Lo felicito, don Nicolás —dijo la enfermera—: su hijo está cada día más buen mozo y elegante. Tengo que custodiarlo para que las empleadas no lo secuestren en el camino. —Y, antes de retirarse, se acercó a Gabriel y le dijo por lo bajo—: Tuvimos que quitarle la dentadura postiza.

—¿Por?

—El mes pasado casi se la traga durmiendo.

El viejo enderezó el cuello, alzó las cejas apergaminando aún más la frente. Lo miró.

—¿Te gusta el traje? —preguntó Gabriel ajustándose el nudo de la corbata—. ¿Lindo, no? Me están yendo bien las cosas en La Empresa, papá.

—Empresa…

—Muy bien me están yendo las cosas. El mes pasado me ascendieron y me mejoraron el sueldo. Ahora trabajo más que antes, estoy al frente de un departamento con muchos empleados. Bastante responsabilidad, pero estoy contento. Si sigo así, en poco tiempo te voy a poder sacar de acá. Quiero que estés en un lugar mejor.

La humedad de los ojos del viejo, ya incapaz de darle brillo a su mirada, se pronunció y se derramó en las ojeras. Una leve agitación en el pecho.

—F… facultad.

—Ya la terminé, papá. Hace varios años. ¿Cuántas veces te lo dije?

El viejo apoyó la mano temblorosa sobre la de su hijo. Sobresaltado al notar la piel fría y venosa, Gabriel intentó ahuyentar la aversión. Vio al resto de aquellos desechos amodorrarse delante de un televisor que lanzaba estúpidos dibujos animados. Después se perdió varios segundos en una rajadura profunda que zigzagueaba en el cielo raso. Le recordó a una serpiente.

—¿Necesitás algo? Me tengo que ir.

El viejo simulaba no oírlo, Gabriel se daba cuenta.

—Se me hace tarde, papá, me esperan en el trabajo. Si te portás bien, te prometo que vuelvo la semana que viene.

—Bien… —trataba de sujetarle la mano—. Bien me porto yo.

—¿Querés que te lleve con tus amigos? —Gabriel liberó la mano, se levantó.

El viejo parecía desprenderse del soplo de vida, ya se dejaba llevar en la silla de ruedas.

—Acá estás bien, papá —dijo tras colocarlo cerca del televisor—. Te quiero. Portate bien.


Gabriel se alejó maquinalmente, y cuadras después se dejó tragar por la boca del subte. La masa de gente lo arrastró hasta un vagón repleto.

Apretujada frente a él, una adolescente con el brazo pegado al cuerpo sostenía un libro. Leía, ávida.

Gabriel echó el cuello hacia atrás, y mientras el chirriar de las ruedas del vagón le castigaba los oídos, leyó en la cubierta: Viaje al fin de la noche. Sorprendente: alguien concentrado en una novela. ¿Por qué una chica tan joven leería ese libro? Un ejemplar viejo, sus páginas amarillas y los bordes de la tapa desgastados. Se lo debía de haber prestado un familiar, o lo habría canjeado en un negocio de algún pasadizo perdido. Él en su biblioteca tenía Viaje, lo había comprado en la Gran Librería años atrás. Otros tiempos: ni aquel laberinto de galerías rebosantes de libros ni su amor por la lectura seguían de pie.

Ni siquiera leí el cuento que escribió Aída, pensó. Ya hace dos meses… ilusionada, me pidió que lo leyera. Pero no pasé de la segunda página.

—Aída— murmuró, y se dejó arrastrar por otra marea de gente que lo lanzó del vagón.

Subía uno a uno los escalones, y la rajadura del cielo raso del geriátrico se desplegaba inmensa en las paredes de su mente.

El techo del geriátrico. Podría quebrarse de una vez.

Y pensó: Así nos termina de matar a todos.




Pablo Di Marco (Argentina) Autor de las novelas Las horas derramadas, Tríptico del desamparo, Espiral y Cuando éramos tres. Autor del libro de entrevistas Un café en Buenos Aires, conversaciones con escritores, lectores y libreros.


sábado, 16 de mayo de 2020

Hermanas de intercambio, por Eudris Planche Savón


A continuación compartimos dos capítulos de la novela Hermanas de intercambio (Editorial Gente Nueva, Cuba, 2016; Editorial Milena Caserola, Argentina, 2019). Mención única del Premio Nacional David 2013. Premio Nacional Pinos Nuevos 2015. Nominada al Premio Anual de la Crítica Literaria en 2017.

Capítulo 3. Enumerar Papás y Papá 1 cantando bajo la ducha


Estoy contenta. Papá 2 salió cantando por la televisión en un programa de música del ayer.
Eso de Papá 2 fue una idea que se me ocurrió hace tiempo, para no confundirme. El de la televisión no es el mismo que tengo aquí en la casa. Mi papá de la televisión es Camilo Sesto, un cantante famoso por el que mami me nombró. Y cuando estaba romántica oyendo su música, decía:

—¡Ven a escuchar a tu padre, Camila!

Yo muy contenta, movía la boca como si cantara; porque no me sabía bien las letras. A mami, de la emoción, se le salían las lágrimas.

—Ese es mi hombre —decía.

Y entonces mi Papá 1; el de la casa, muy bravo se encerraba en el baño a cantar, bajo la ducha, con su voz ronca.

—Ese escándalo de tu padre rompe el ambiente —gritaba mami.

Entonces resumo:

Papá 1: es el de la casa, ese que canta ronco y feo.
Papá 2: es el de mentirita, el del «vozarrón divino de los ocho mil dioses»—como dice mami.
Y yo me llamo Camila Decastilla Sesto Lorencillo.

Explico de otra forma:
Decastilla: por mi papá verdadero, digo Papá 1.
Sesto: por Camilo Sesto.
Lorencillo: por mi mamá.

En la escuela mis amigas me critican:

—Camila, eres muy extraña, ¿cómo te va a gustar esa música tan vieja?

Yo les digo que sí me gusta, pero también escucho rap, discoteca y salsa. Aunque lo del rap —mejor lo digo bien bajito— es mentira.


Capítulo 5. Las medallas de la No Tía


Mi No Tía es psicóloga, pero también judoka. Cuando ella me agradaba, escuchar sus historias era lo máximo. Sobre todo, las de esas medallas que están colgadas en la pared de su sala:

—Esta la gané por derribar a Matriuska, una rusa que era buenísima. Fue con un Waza- ari.

—Esta otra por un Ippon que le di a Guachafita Joropo, la venezolana. Fue en un Campeonato Mundial.

—Esta por un Sankaku Jime contra Pippa Mediasrötas, una sueca.

—Y esta chiquita se la arranqué del cuello a una brasileña, por robarme el novio. También la derribé con un Yuko.

Mi No Tía es tremenda psicodeportista, abusadora y enreda chismes sobre mí. Una vez utilicé como semicírculo, la medalla de oro que ganó al darle dos Waza-ari a una chilena. La tomé a escondidas y le hice ruedas a la bicicleta de mi dibujo.

Desde que le dieron medalla de plata, al perder ante la ecuatoriana por un Ippon, está de lo más pesada. Por eso ahora es mi No Tía.

—¿Y qué contra es Ippon, Waza-ari, Yuko, y Sankaku Jime, tíaaa?

Fue lo que dije la primera vez que me habló de sus medallas.

—Ippon es agarrar a una compañera de tu aula, y hacerla caer de espalda. Waza-ari es tumbar a esa misma compañera de tu aula...

—¿Puede ser a Kasandra, tía?

—¡A quien tú quieras! Como te decía: Wazaari es tumbar a la Kasandra esa, pero que no llegue a caer de espalda como en el Ippon.

Yuko es que tires a Kasandra al suelo y caiga de lado. Y Sankaku Jime, es que la aprietes por el cuello con las piernas.

—¿Y si ella es más fuerte que yo, la puedo morder o hacerle cosquillas, tía?

—Si lo haces te pueden aplicar un Shido, que es “Falta”, y te quitan puntos.

**









Eudris Planche Savón  (1985)Cuba. Egresado en 2008 del Centro de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso, actualmente se desempeña como subdirector de esta escuela fundada en 1998 y que ha tenido como profesores invitados a autores como José Saramago, Eduardo Galeano, Liliana Heker y Luisa Valenzuela. Coordinador del Encuentro de Jóvenes Escritores de Iberoamérica y el Caribe, dentro del marco de la Feria Internacional del Libro de La Habana.

Representó a Cuba en La Feria Internacional del Libro de Buenos Aires, Argentina, 2019 y Feria Internacional del Libro de Los Canelones, Uruguay, 2019. Así como VII Festival Internacional Va Poesía Argentina, 2019.
Ha obtenido numerosos reconocimientos y menciones internacionales por su obra. Otras publicaciones suyas aparecen en revistas de Argentina, Cuba, España, Estados Unidos y México

sábado, 2 de mayo de 2020

Dansons sur la lune, por Claudio Anfiter


En 1982 la Academia de Artes y Ciencias de la Sorbona me abrió sus puertas para trabajar en la carrera de Letras Españolas. Soy Claudio Anfiter, nacido en Sunchales, Argentina, hace mucho tiempo. La vida se me fue entre buenos intentos y malas soluciones, ahora, aquí, en Gland, una pequeña ciudad Suiza busco mejorar todo lo que no terminé de hacer. Los inviernos son demasiado intensos y los veranos, para la gente de mi edad, ya no pueden conmover. Quemé gran parte de mis escritos, una recomendación que debería seguir más de un escritor, porque los consideré siempre una suerte de “pedantería compuesta por fonemas”. En tiempos donde la palabra es la obsesión de muchos, lo mejor es hacerse a un lado y contemplar ese ancho río por el que transita, hoy, la literatura del mundo. Innumerables escritores de distintas lenguas dan muestra de la importancia en el manejo del lenguaje. ¿Eso hará fuerte a la literatura? ¿La acercará al lector medio? ¿La volverá una materia de cultos? ¿Solo los entendidos podrán desencriptar el sentido de un texto? Las respuestas llegaran lentas y se irán articulando, porque lenta es la evolución del lenguaje y porque lenta es, también, las aceptaciones de las culturas a los cambios. No deberá el escritor aceptar una sola idea, tendrá que ser amplio en su pensar, en su forma de enfrentar no solo su lenguaje (los modos de manejarlo), sino el de los otros. Abrirse a nuevas estructuras, atravesar cada sendero que proponga y que exija, la cultura.

Pero en estos tiempos de encierros, tiempos que desconocíamos, que jamás llegamos a imaginar (y cuando digo esto no me refiero a la literatura, sino a la humanidad en sí) Se me ha vuelto una necesidad el acto de difundir. Y no hablo aquí de centrarme en los clásicos, los consagrados, los que son “endiosados” en el Olimpo literario. No, esos ya tienen su lugar, no los niego, digo, ya se lo ganaron. Hablo de aquellos que publican a fuerza de constancia, esos que no piensan estar en el Olimpo, ni en palacio alguno. Pienso aquí, en esos obreros que construyen historias, y que a veces no solo nunca son reconocidos, sino, ni siquiera llegan a un mínimo de difusión. Entonces decidí, con la ayuda de la juventud de unos de mis nietos, comenzar a armar una revista literaria para dar lugar a ese fluir de textos. 
“Dansons sur la lune”, es una revista virtual, de actualización semanal cuya idea será exponer al público, literatura por literatura, esto es, literatura por sobre los nombres, por sobre cualquier prejuicio. Desde este pequeño lugar de Suiza, sin ningún tipo de interés en ser reconocido, comienzo abrir las puertas del juego a quienes quiere sumarse.


Claudio Anfiter