Comienzo de la novela Las horas derramadas, de próxima
publicación en Editorial Dualidad.
La enfermera lo llevó por un pasillo de paredes
descascaradas. En el salón lo envolvió el hedor agrio: la piel de los viejos
enfermos.
Veinte o treinta cuerpos se aferraban a las horas, la vista
ciega en un televisor sin sonido. Veinte o treinta despojos apenas
manteniéndose a flote en aquel mar muerto.
La enfermera le murmuró algo al oído a uno de ellos y empujó
la silla de ruedas hasta una esquina de la sala. Gabriel se quitó del hombro
una pelusa inexistente y se sentó frente al anciano.
—¿Cómo estás? —dijo.
Dos ranuras se entreabrieron, dieron lugar a dos perlas
opacas. Un pliegue profundo: la sonrisa sin dientes.
—Lo felicito, don Nicolás —dijo la enfermera—: su hijo está
cada día más buen mozo y elegante. Tengo que custodiarlo para que las empleadas
no lo secuestren en el camino. —Y, antes de retirarse, se acercó a Gabriel y le
dijo por lo bajo—: Tuvimos que quitarle la dentadura postiza.
—¿Por?
—El mes pasado casi se la traga durmiendo.
El viejo enderezó el cuello, alzó las cejas apergaminando
aún más la frente. Lo miró.
—¿Te gusta el traje? —preguntó Gabriel ajustándose el nudo
de la corbata—. ¿Lindo, no? Me están yendo bien las cosas en La Empresa, papá.
—Empresa…
—Muy bien me están yendo las cosas. El mes pasado me
ascendieron y me mejoraron el sueldo. Ahora trabajo más que antes, estoy al
frente de un departamento con muchos empleados. Bastante responsabilidad, pero
estoy contento. Si sigo así, en poco tiempo te voy a poder sacar de acá. Quiero
que estés en un lugar mejor.
La humedad de los ojos del viejo, ya incapaz de darle brillo
a su mirada, se pronunció y se derramó en las ojeras. Una leve agitación en el
pecho.
—F… facultad.
—Ya la terminé, papá. Hace varios años. ¿Cuántas veces te lo
dije?
El viejo apoyó la mano temblorosa sobre la de su hijo.
Sobresaltado al notar la piel fría y venosa, Gabriel intentó ahuyentar la
aversión. Vio al resto de aquellos desechos amodorrarse delante de un televisor
que lanzaba estúpidos dibujos animados. Después se perdió varios segundos en
una rajadura profunda que zigzagueaba en el cielo raso. Le recordó a una
serpiente.
—¿Necesitás algo? Me tengo que ir.
El viejo simulaba no oírlo, Gabriel se daba cuenta.
—Se me hace tarde, papá, me esperan en el trabajo. Si te
portás bien, te prometo que vuelvo la semana que viene.
—Bien… —trataba de sujetarle la mano—. Bien me porto yo.
—¿Querés que te lleve con tus amigos? —Gabriel liberó la
mano, se levantó.
El viejo parecía desprenderse del soplo de vida, ya se
dejaba llevar en la silla de ruedas.
—Acá estás bien, papá —dijo tras colocarlo cerca del
televisor—. Te quiero. Portate bien.
Gabriel se alejó maquinalmente, y cuadras después se dejó
tragar por la boca del subte. La masa de gente lo arrastró hasta un vagón
repleto.
Apretujada frente a él, una adolescente con el brazo pegado
al cuerpo sostenía un libro. Leía, ávida.
Gabriel echó el cuello hacia atrás, y mientras el chirriar
de las ruedas del vagón le castigaba los oídos, leyó en la cubierta: Viaje al
fin de la noche. Sorprendente: alguien concentrado en una novela. ¿Por qué una
chica tan joven leería ese libro? Un ejemplar viejo, sus páginas amarillas y
los bordes de la tapa desgastados. Se lo debía de haber prestado un familiar, o
lo habría canjeado en un negocio de algún pasadizo perdido. Él en su biblioteca
tenía Viaje, lo había comprado en la Gran Librería años atrás. Otros tiempos:
ni aquel laberinto de galerías rebosantes de libros ni su amor por la lectura
seguían de pie.
Ni siquiera leí el cuento que escribió Aída, pensó. Ya hace
dos meses… ilusionada, me pidió que lo leyera. Pero no pasé de la segunda
página.
—Aída— murmuró, y se dejó arrastrar por otra marea de gente
que lo lanzó del vagón.
Subía uno a uno los escalones, y la rajadura del cielo raso
del geriátrico se desplegaba inmensa en las paredes de su mente.
El techo del geriátrico. Podría quebrarse de una vez.
Y pensó: Así nos termina de matar a todos.
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