martes, 23 de junio de 2020

Tender, por Ezequiel Wolf

Irina Roslyakova



Siguió volando por el entusiasmo del beso con el vaso en la mano. Bailó abrazada a la sensación, y apoyada en el marco de la ventana que estaba abierta recitó: “No sé por dónde andarás. Espero puedas ver el cielo y sentir cómo esa luna blanca nos toca y nos corta la cara. Descalzo y en puntas de pie apenas llegás a los pedales, yo sé que los sábados a la noche te gusta jugar a perderte, total, todas las curvas de la ciudad desembocan en el mar. Acá la madrugada ya acuna rumores del fin de la cuarentena, no de la enfermedad, lo cual, en lo personal me alerta, me tensa. Qué más. El cielo se aclara lento y constante como respuesta de anticipación involuntaria a la primavera boreal”. Desespera la velocidad con la que la sangre bulle por sus venas. Se quedó dormida a medio desvestirse, con el velador encendido, el vaso de vino en la mesa de luz y la mano hundida en su bragueta. Durmió de corrido hasta pasadas las 2, cuando las voces de ida y vuelta de un llamado en altavoz quebraron el silencio sordo del sueño, y la transpiración del sol en la cara la sofocó. Se despertó, toda mojada, transpirada y con sed. De reojó, relojeó la habitación, desdibujada, fuera de foco. El resto como si nada. Ella manoteó el vaso, se resbaló. Las pocas gotas que quedaban se derramaron sobre la almohada. Desarmó la cama, abrió la ventana, y con cuaderno y los auriculares fue a la cocina, a por un café. Tarareó melodías de su lengua materna acunadas en su cabeza. Si alguien la viese, le daría la impresión que reza. Dos tazas de caféconlechecondensada al hilo para entrar en ritmo. Todavía algo mareada abrió el cuaderno, y leyó las últimas dos citas escritas por él con su cursiva horrible. La primera, casi ilegible, una mala traducción de un proverbio. La segunda, de Pina Bausch “No me interesa cómo se mueve el ser humano sino aquello que lo conmueve” firmada con el nombre de él. La leyó otra vez, en voz alta, contó hasta 8 y tachó el nombre. Desde la tachadura trazó una flecha hacia abajo, y mientras recitaba escribió “Tanto que hacer el día de hoy. Matar la memoria. Asesinar el dolor. Convertir el corazón en roca y disponerse a seguir viviendo”. Respiró hondo inflándose el pecho y firmó: La sentencia. Ana Ajmátova. Contuvo la respiración y el llanto hasta llegar a la habitación. Cruzó la puerta y se desahogó. Su compañera de cuarto había salido. Se arrastró hasta la cama. Hoy es domingo dijo. Domingo y buscó en el reproductor de música del celular una canción que sonase al azar… No distance left to run. No, dijo, y se sacó los auriculares. Despacio domingo, despacio. Domingo de espacios. Tomó distancia del teléfono, lo apoyó contra la pared y entonces vio que la pantalla reproducía el video en el que Damon, al igual que ella, se hace un nudo en la almohada. La canción terminó y se quedó acostada en silencio hasta que fueron las 19:09, cuando vio por el reflejo, que a pesar de que las cortinas azules y blancas con horribles motivos circulares dorados, la luz del sol igual se colaba en la pared blanca, sobre la cama vacía, a las veces usada de sillón o de reposera, para leer y tomar sol. Se levantó y fue hasta la cocina. Puso agua para un té. En ese lapso eligió el de jengibre y puso el saquito en la taza. Abrió el cajón para ver si quedaba algo dulce no. Abrió la heladera, sacó media manzana oxidada y le dio un mordisco. No dijo, le falta algo. De reojo vio la miel. Abrió el frasco, sacó la tapa y ungió el pedazo de manzana que se le resbaló y cayó dentro. El agua hirvió. Ella sonrió y metió los dedos, no había caso. La manzana caía cada vez más adentro. Se llevó los dedos bañados de miel a la boca. Ya tentada, vertió el agua y con la cuchara sacó la manzana. Para no chorreara de más levantó la taza inclinándola por sobre la boca del jarro y la metió en la taza. Vertió el agua y contó hasta diez. Por el reflejo de la ventana de enfrente vio que se acercaba la hora de la puesta del sol. Empuñó la taza y caminó hasta la habitación. Agarró el celular de la cama, y con su té de jengibre limón y miel en mano puso al azar otra canción de Blur. El hi hat marcó cuatro y sonó Tender y asomada por la ventana la ternura fantasma se diluyó con el sol al atardecer.



Tender: Zona Bulias de #Sobre20Canciones21Ajenas.






Ezequiel.Wolf (Argentina, 1985) Militante del caféconleche. Palabrista, locutor, docente y radiohablante, todavía escribe a mano. Publicó la novela "Retazos en la casa del viento" (2009) y varios poemas editados en antologías. Produjo y guionó los ciclos Terturlia Verbo Carne y Habladurías del Mundo. Publicó "Mientras Tanto" (2019) Editorial Indómita Luz.

Escribiendo en servilletas, desunando nudos de papel, ganó una beca para estudiar en la Universidad de Szeged, Hungría.

Textuales, Texturales y Sobre 20 canciones 21 ajenas, son sus tres nuevos proyectos.




lunes, 15 de junio de 2020

Breve Devocionario de Nubes Pasajeras, por Christian Kupchik

Cassander Eeftinck Schattenkerk



Borges, uno y el otro
 
I
 
Imaginen un día de sol, hace muchos años. 
Imaginen que caminan conmigo por la calle Florida. 
Del brazo derecho llevo a una robusta acompañante; 
la mano izquierda se cierra sobre el puño 
que sostiene el viejo bastón nórdico. 
Ese hombre se unió a nosotros, 
pero no era Borges.
 
II
 

Vivió dos vidas.
En una se divirtió. En la otra se aburrió.
En una fue Jorge Luis Borges.
En la otra su recuerdo.
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Sentencias del hombre que está solo…

Pasó sus años en la espera.
Esperó una Ana. 
Esperó un tren. 
Esperó una recomendación.
Al fin, esperó el fin.
Una vez arribado
también el fin pasó.

Boris N. Bugaev, llamado Andrei Bely

“Y pensar que Bely,
en su lengua,
quiere decir blanco.”

Más que a las ciencias exactas o Buda,
amó la nada.
Más que el vodka o el foxtrot,
amó la noche.
Nocturna es su más adorable novela
Petersburgo,
poblada de espejos que reflejan
los contornos del vacío.
Diurna –quizás por un despecho del Destino–
fue su muerte: el último día de diciembre 1933
se aventuró en una tonta playa de Crimea.
Una insolación invernal lo habría matado.


Musil, el evanescente

Una foto de 1916
en el jardín de la pensión Fortuna
lo descubre como siempre:
el más elegante de la Kakania.
Era la gracia propia de un país
que nunca existió.
Algo distante, es cierto,
como si no fuese él,
ni ese jardín perteneciera a la pensión
o la pensión a la Tierra.
Allí habitaba
indiferente al disparo de la cámara,
como si el mundo fuese
una lábil broma banal
bajo sus pies.

Felisberto, pianista sin teclas

Como pianista autodidacta
colmaba de notas silenciosas
el rumor de las películas mudas.
Como escritor consumado,
considerado entre los más amables
o insolentes a ambas orillas del río,
se negó a cerrar con finales
sus historias.


M. Rubio, boxeador inesperado

“…cuando suena la campana, te sacan el banquito 
y uno se queda solo.”
Oscar “Ringo” Bonavena


Se cuidó en la báscula y utilizó sus mejores plumas
para lanzar jabs demoledores y uppercuts letales
sobre mandíbulas de cristal.
No hubo un solo fantasma de la pampa
que le aguantara más de un round.
Los reflectores enfocaron hacia otro lado,
pero a él no le importó.
Recogió el cinturón, alzó los guantes
y se perdió en la niebla.
Cada tanto reaparece en algún pueblo olvidado.
Sube al ring, saluda para nadie,
y cumple con su misión.
El invicto es suyo.
Lo otro también.





*Poemas inéditos

Christian Kupchik (Argentina) traductor del sueco, noruego, francés, inglés y portugués. Tradujo obras de Strindberg, Ibsen, Balzac, Perec, Pessoa, entre otros.
Experto en literatura de viajes, compiló los libros “El camino de las damas” (Escritoras viajeras), “En busca de Cathay” (Travesías por los enigmas de la ruta de la seda), “La ruta argentina” (El país contado por viajeros) y “Las huellas del río” 
Publicó cinco libros de poesía (uno de ellos, Transatlantik, en sueco), uno de relatos (Fuera de Lugar, Cal y Canto, Montevideo, 1996), el ensayo sobre el filósofo y visionario sueco Emmanuel Swedenborg, La Arquitectura del Cielo (Adriana Hidalgo, Buenos Aires, 2003)
Dirige la exquisita revista Siwa.



martes, 2 de junio de 2020

Incertidumbre, por Juan Miguel Idiazabal





I

Incertidumbre, cómo explicarle eso a una persona.
Incertidumbre es estar en un campamento con la escuela. Están jugando a un juego tipo el grillo en grupo. Salir del camping donde está tu carpa. Ves a unos tipos sobre la ruta, no es el otro equipo. Los ves alejarse. Se acerca una camioneta llena de tipos, te amenazan. Saltás frente a un tipo que amenaza con darte un tiro si no le decís lo que quiere escuchar a la vera de la ruta cuando tenés 15 o 16 años. Todo porque tus compañeros, esos que se creían los más pijas y los más pulentas, se hicieron los locos frente a un desconocido que les estaba haciendo preguntas muy incómodas para que la profesora a tu lado pudiera responder. Junto a ella, solucionas las cosas con el corazón imitando a Roger Taylor en un solo satánico.
Incertidumbre es ir a un bar. Un tugurio cualquiera sólo porque te invitaron a leer a un evento del que no sabes nada salvo el nombre: La Prosa Mutante. No conocés a nadie. Te sentás con tus hojitas en una mesa delante de todo. Dos chicas que no conoces te piden sentarse con vos, les decís que sí. Charlan, se toman algo con vos. El lugar está lleno. Te tiemblan las manos cuando subís al escenario. La voz se te está por quebrar en la primera palabra. A medida que leés, tomás fuerza. Esa energía que te paralizaba, ahora te vitaliza. Desde ese día, no faltás salvo por fuerza mayor. Ya no importa que sólo sean vos y tus hojas.
Incertidumbre fue elegir estudiar para ser traductor, luego sin casi pensarlo mucho. Solo yo y la almohada de testigo de mis procesos mentales. Esa decisión que luego de 3 años me embarcó en la vertiginosa vida dividida entre una cama en La Plata y el trabajo y el estudio en Buenos Aires. Volver a la ciudad de los lobos marinos de piedra para continuar como escollera mi especialización en docencia. Durante ese tramo especializarme en Procesos Judiciales. Las noches en vela traduciendo. Los kilómetros fríos sobre el asfalto del colectivo para llegar a esas escuelas rurales y nocturnas.
Incertidumbre es decidir sumarte a un grupo, a correr. Esa actividad que nunca pudiste hacer pues los pulmones nunca te dieron para tanto. La noche fría, cargada de esa humedad que se pega en la ropa por dentro y por fuera. Escuchar al entrenador que te grita, - ¡Dale, vos podés! ¡Una vuelta más! - Seguir hasta caer en la cama rendido a las 11 de la noche. Sonriendo entre extraños con la misma cara de cansado que vos durante año y medio.
Incertidumbre es levantarte una mañana con el destino en la cabeza: China, sólo, sin hablar el idioma, con una valija y el inglés como mis aliados. Anunciarle a tu mamá: “Me voy a China en Marzo”. Perdido en el éter de la vida, tomé una de las decisiones más importantes de mi vida con la almohada otra vez como única aliada. Siete de los mejores meses me esperaron. Llenos de peripecias y aventuras, pero mierda, que buenos siete meses fueron al final de cuentas.
Incertidumbre es una llamada que cambia tu vida. Literalmente, de la noche a la mañana. Dejar todo. Viajar 56 horas para ver a tu papá que se muere. Agarrar tu caparazón y usarlo de escudo. Caminar pasillos desinfectados de virus y bacterias, pero repletos de mentes enfermas. Levantar el ataúd, de eso que hasta horas antes era tu viejo, y salir rumbo a lo desconocido del mañana.
Incertidumbre es chatear con alguien que conoce tu vida mejor que vos. Te leyó los pensamientos en línea. Descifró algunos de tus secretos, y quiere aprender el idioma de los que les falta. Encontrarla con la cabeza dentro del horno con los guantes de goma puestos, embadurnada en espuma limpiadora. Reír juntos ante lo absurdo. Dormirse de madrugada transpirados, salivados, colgados de los ojos del otro luego de una sesión de carnalidad desenfrenada. Despertar con todos tus órganos en su lugar. Buscarle la quinta pata al gato juntos en los meses que vendrán hasta enamorarse como dos adolescentes estupidificados por las hormonas.
Sólo mis pensamientos y yo. Siempre de la noche a la mañana, mirando al futuro incierto sin temor. Eso es la incertidumbre. El instante en que se apodera de vos una energía igual a la de saltar al frente de un tipo amenazante. A la de tomar decisiones por impulso.
Sos un impulso que todo lo puede.
La incertidumbre es sólo un momento de duda frente al impulso, tómalo o déjalo. Yo sigo eligiendo tomarlo. La vida es muy aburrida para no hacerlo.

II

Levantarte de la cama,
el nanosegundo
exacto
en el cual tomamos la decisión,
allí, todos tememos
apoyar nuestros pies,
resbalarnos camino al baño,
partirnos la cabeza
contra el inodoro
cagado,
que nos encuentren así,
semidesnudos,
con la cabeza manchada
de mierda y sangre.
Ese instante profético
al que no escuchamos nunca.
Ese momento de claridad deífica
al que nunca escuchamos,
eso es la incertidumbre




Juan Miguel Idiazabal, (Argentina, Mar del Plata) (1984). Traductor Público y Docente de Inglés. Miembro del colectivo La Prosa Mutante; de la SEA; y de la Asociación de Escritores de Euskadi. Publicó 10 libros a la fecha, el último es Mateando con Mao (2019, Rangún). Dirige el sello independiente Herensuge. Participó de más de 50 publicaciones en antologías, revistas y diarios tanto impresas como digitales en español e inglés.