miércoles, 23 de septiembre de 2020

Coliqueo, Hatuey, la rebelión, por Edwin Gamboa

 




Quiero contarle mi hermano un pedacito
De la historia negra
De la historia nuestra, caballero
Y dice así

Joe Arroyo

I

rebelión
Del lat. rebellio, -ōnis.
1. f. Acción y efecto de rebelarse.
2. f. Der. Delito contra el orden público, penado por la ley ordinaria y por la militar, consistente en el levantamiento público y en cierta hostilidad contra los poderes del Estado, con el fin de derrocarlos.

II

Se jugaba el amistoso entre Chile y Honduras en Temuco, pleno corazón de la Araucanía chilena. Todo normal, salvo que una semana antes, cerca de allí, los carabineros de Chile habían asesinado a sangre fría a un chico de 24 años. –Todo normal– dijeron también los organizadores del partido, quienes consideraron que la muerte de un indio mapuche nada tenía que ver con el amistoso de ese martes, por lo que rechazaron por unanimidad la petición del minuto de silencio en homenaje a Camilo Catrillanca. 
“Todo normal”, dijeron todos.
Y como nadie dijo nada, por un momento dio la impresión de que una vez más el fútbol iba a disimular con sus dones carnavalescos el telón de fondo de la barbarie de nuestros pueblos.
Primer síntoma: sonó el himno de Honduras, luego el de Chile. La cámara se demoró en el canto destemplado y visceral de Alexis Sánchez, luego repasó a los demás jugadores: todos cantaban convencionales, salvo el rey Arturo, entrecerrados sus ojos en otro planeta; todos lucían cívicos salvo Gary Medel soportando sobre su cuello una cara de perro rabioso que no te quieres encontrar en la media noche; todos con aire feliz, salvo Jean Beausejour, quien no cantaba y, plantado en medio de la cancha, daba la impresión de ser un pajarito encerrado y triste. 
Se acabó el himno, saludo convencional de manos, foto aquí, foto allá.
Segundo síntoma: conocedores ellos mismos de lo que son los asesinatos selectivos, los jugadores hondureños abrazaron a los jugadores rivales y participaron de un minuto de silencio fuera de protocolo. 
Inédito, insospechado.
(Atónitos, los organizadores seguían pensando que no era una cosa que tuviera que ver con el fútbol)
El protagonista: Para entonces, Jean Beausejour había ganado dos copas América y contaba con el privilegio de ser el único chileno que ha anotado gol en dos mundiales consecutivos. Nunca, en sus más de cien partidos con la Roja, alguien le había sorprendido esa mirada.
Los hechos: Después del abrazo y del minuto de silencio, los jugadores se sacaron los enterizos y lucieron sus uniformes para jugar. Diecisiete mil almas chilenas en el estadio estallaron cuando vieron que sobre la dorsal 15 de la Roja no aparecía el apellido “Beausejour” sino que estaba inédito, insospechado, el apellido mapuche de su madre: Coliqueo.
Las palabras: En una entrevista concedida a un medio local dos años antes de esa noche, Coliqueo había dicho:
"Lo que más aflora en mí es el haitiano, y yo, sin querer esconderlo, siempre digo que tengo la fortuna de pertenecer a dos pueblos muy revolucionarios, el haitiano, que fue la primera colonia en independizarse de Francia, y el mapuche, pueblo que nunca fue conquistado por ninguna colonia extranjera, llevé más bien el orgullo de ser mapuche" […] “"Ser mapuche es algo que viene conmigo desde que tengo uso de razón. No es algo que me haya pasado ahora con el despertar de la nueva generación mapuche. Mi familia siempre llevó con mucho orgullo el ser mapuche. Como una distinción. Yo siempre escuché que nosotros llevábamos siglos y siglos en esta tierra. Nunca fue un peso. En el colegio exigía que me dijeran los dos apellidos: Beausejour Coliqueo". […] 
“En política soy re parecido a lo que hago en la cancha. Juego por los mismos sectores en ambos escenarios: por la banda izquierda. Muy pocas veces traspaso el límite de la banda izquierda hacia fuera, porque no soy extremista. Me muevo entre la banda izquierda y un poco al centro, con matices. Y no recuerdo en mis años de futbolista haberme ido a jugar por la derecha.” Y esto qué significaría en términos de convenciones– contra preguntó el periodista de The Clinic. Coliqueo amplío diciendo: Me importa la igualdad social, la educación, la salud, las cosas con que la gente tiene que lidiar todos los días. No sé nada de OCDE ni de tratados de libre comercio con la Comunidad Económica Europea, ni de IPC. No es que crea que no son relevantes, pero a mí me interesan, como dice don Joaco, “los problemas reales de la gente”. […]
“¿cómo alguien puede ser tan estrecho de mente que imagina que un futbolista, o cualquiera, sólo puede opinar sobre el ámbito en que se desenvuelve, y no pueda tener otros intereses? Creo que es importante que jóvenes que no están metidos en política se interesen por los temas del país.”–dijo Coliqueo.


III

La rebelión de Coliqueo fue la más reciente pero no la primera de los pueblos amerindios. 
Primer síntoma: Rápidamente se desató sobre las islas una masacre. Embriagados por la codicia, Fray Bartolomé de las Casas cuenta con horror cómo los españoles pasaron a cuchillo a tres mil indios después de haber sido recibidos con regalos, comida y atenciones. Narra muchos otros episodios de la misma especie. Fue una masacre.
Segundo síntoma: Más veloz que la muerte son las palabras. La noticia de la masacre se propagó con una velocidad sorprendente y muchos indios de islas vecinas empezaron a sospechar de esos viajeros de tierras lejanas que vestían metales y armas de fuego.
El protagonista: Hatuey, cacique taíno. 
Los hechos: Exiliado de su propia tierra y víctima en primera persona del desprecio de los conquistadores por la vida ajena, Hatuey logró inmiscuirse en territorios de Cuba para organizar, junto a las tribus taínas de ese lado de la isla, la primera rebelión de indios en América. Apenas asistimos al nacimiento de la historia, es 1512 y Hatuey es capturado por los españoles. Será ejecutado.
Las palabras: Ante los indios taínos de Caobana, Hatuey exhibió una canasta llena de oro y dijo: “Este es el Dios que los españoles adoran. Por esto pelean y matan; por esto es que nos persiguen y es por ello que tenemos que tirarlo al mar[...] estos tiranos adoran a un Dios de paz e igualdad, pero usurpan nuestras tierras y nos hacen sus esclavos. Ellos nos hablan de un alma inmortal y de sus recompensas y castigos eternos, pero roban nuestras pertenencias, seducen a nuestras mujeres, violan a nuestras hijas. Incapaces de igualarnos en valor, estos cobardes se cubren con hierro que nuestras armas no pueden romper”.
Poco antes de ser quemado en la hoguera, el padre Olmedo lo urgía a convertirse en cristiano para que subiera al cielo. Reflexivo, Hatuey preguntó: “¿Y allá hay españoles?” 
Sí– respondió el franciscano. 
“Entonces –dijo el cacique haitiano– prefiero el infierno con tal de no ver gente tan cruel”. 

IV

Los protagonistas: Joe en la composición, Chelito de Castro en el piano, Blas el “michi” Sarmiento en los arreglos.
Las palabras: “yo pienso en el bailador, en el público. Yo pienso es en la gente” (Joe en una entrevista)
Los hechos:


Edwin Gamboa (Colombia), nació pobre y feo. Le tocó en suerte nacer en un país con el tercer mayor índice de asesinatos en la región, Colombia, y para no matar -o no matarse- dedica sus horas a la literatura. Estudió Filología Clásica en la Universidad Nacional de Colombia y adelanta estudios de posgrado en el Instituto Caro y Cuervo, de donde es, actualmente, profesor auxiliar; trabaja también como docente en la Universidad Sergio Arboleda de Bogotá. Hoy en día sigue siendo pobre y feo.


 

miércoles, 26 de agosto de 2020

Hudié, por María Victoria Vázquez

 


 

La partera lloró cuando puso al bebé sobre el pecho de la madre.

Apenas un rato antes había gritado eufórica que era un varón, pero en cuanto prestó atención al rostro y el resto del cuerpo, supo que los augurios no eran buenos.

Sus dotes de bruja le adelantaban que la ceguera sería permanente, y en cuanto al resto de sus deformidades, podría decirse que Zhao no era un ser humano tradicional. Costaba adivinarle los brazos y las piernas entre las callosidades que surgían por debajo de su piel. Solo la cabeza estaba mejor definida, en parte gracias a ese par de ojos inútiles.

Zhao era el primogénito de un matrimonio de campesinos. Era un muy mal augurio nacer débil en la aldea. Mal presagio, mala realidad.

Durante su infancia nunca recibió la atención médica apropiada. Los vecinos alentaban a los padres cada vez que él enfermaba. No iba a poder trabajar en la granja ni en los campos, quizás era mejor que muriera y los liberara así de la carga de mantenerlo.

Su madre siempre lo amó y lo cuidó como supo y pudo, y el débil Zhao, contra todos los pronósticos, logró sobrevivir.

Sus padres tuvieron dos hijos más, ambos sanos, que fueron la esperanza de la familia.

Cuando fueron hombres y llegaron a edad de casarse, los llevaron a los tres a una feria.

En un pueblo cercano solía organizarse un mercado donde la gente de la región podía ofrecer sus productos. Con el tiempo, se había hecho costumbre también llevar allí a los hombres casaderos para romper el aislamiento que imponían los campos.

Los padres de Zhao habían adjudicado una pequeña dote a cada uno de los hermanos, la única forma de que resultaran algo atractivos para las jóvenes en busca de maridos. A Zhao le dieron una dote mayor para que tuviera alguna chance. Los otros quedaban así en gran desventaja en cuanto a fortuna, pero podían ofrecer su juventud y fortaleza para trabajar los campos, y todos contaban con que eso sería suficiente.

Aquel domingo, también la familia de Hui Ying había decidido ir de paseo a la feria. No había mucho dinero para gastar, por eso hacía semanas que no concurrían, pero esa mañana la joven pidió que la llevaran y así lo hicieron.

Ella no tenía hermanos ni hermanas. Sus padres confiaban en poder casarla con algún buen partido. Hui Ying tenía rasgos únicos en la región: la piel blanca y delicada como la más fina de las porcelanas. Su cabello negro reflejaba los rayos del sol como un espejo empetrolado y sus ojos tenían la profundidad de las noches sin luna.

Aquellos eran los atributos que sus padres consideraban valiosos a la hora de conseguirle un marido, pero nunca vieron que detrás de esos cielos oscuros de sus ojos, todo en Hui Ying era vasto y profundo como el Universo.

El día de la feria se encontraron con varios jóvenes en oferta. No sólo la familia de Zhao había acudido con ese fin, sino muchas otras. Comenzaba la primavera y por alguna razón, a los adultos les parecía una época propicia para resolver los matrimonios.

Mientras los padres de Hui Ying observaban a cada postulante como si fuese ganado, evaluando beneficios y utilidades, ella reparó en Zhao.  No era extraordinario. La mayoría de los que pasaban reparaban en él: su extraña figura y su mirada vacía lo hacían algo llamativo, pero los ojos de Hui Ying vieron lo que los demás, más ciegos que el mismo Zhao, no veían.

Lo saludó y él respondió. Le sonrió y él devolvió la sonrisa. Se acercó y él olió su perfume y la felicitó por el aroma delicado de su piel. Hui Ying se ruborizó y él sintió la tibieza de su rostro.

Los pasillos de la feria se llenaban de gente, a medida que pasaba el tiempo llegaban más y más familias, más jóvenes casaderos, más padres en busca de buenos maridos para sus hijas. Las dotes de los hermanos de Zhao cada vez se hacían más magras ante semejante competencia. En medio del bullicio, la ansiedad y las angustias entremezcladas, a pocos le importó el diálogo entre Zhao y Hui Ying. Y muchos menos reaccionaron ante la sorpresiva aparición de una bandada de mariposas de extensas alas azules con bordes negros que se coló por todos los pasillos y puestos del mercado. Para cuando cayó la tarde, los padres regresaron a buscarla con un par de candidatos en vista, pero Hui Ying insistió determinada: quería casarse con Zhao.

Enojados ante la rebeldía, intentaron arrancarla del lugar en el que se había parado, al lado del muchacho, pero las mariposas se interpusieron y ya nada pudieron hacer. Aceptaron a regañadientes pensando en que al menos recibirían el dinero, pero en el momento de partir, Hui Ying separó la mitad y la repartió entre los hermanos de Zhao.

-          Con eso bastará para empezar.

Ambas familias acordaron la fecha de la boda.

Durante la ceremonia, la madre de Hui Ying lloró la pérdida de su hija, no porque se fuera con un marido, que era lo que siempre había esperado, sino porque padecía aquella mala elección de la chica como una muerte.

Los jóvenes ya casados se fueron a vivir a una pequeña cabaña alejada de otras personas.

La vida era tal vez monótona y demasiado tranquila, pero en ese hogar se sentía algo que no cualquiera llamaría felicidad, pero ellos, sí.

Durante el día, la mente de Zhao, condenada a la penumbra, hilaba visiones. Los sonidos que le llegaban del campo le traían fragmentos que él asociaba y así construía historias en medio de esa oscuridad.

Hui Ying las escuchaba atenta y viajaba con él a los rincones más remotos de ese país vasto y desconocido. Volaban juntos por encima de la aldea, y se reían de sus padres y sus prejuicios y de su limitada idea de una existencia con el solo fin de seguir el ritmo impuesto por siembras y cosechas.

Por momentos Zhao se detenía en sus narraciones y le pedía a Hui Ying que lo ayudara a describir algún color. Eso era lo más difícil para él. Dominaba los aromas de las cosas y la fuerza del viento, la humedad del aire, el calor del sol y su ausencia en días nublados. Pero no sabía cómo explicar los colores.

Ella entonces comenzó a asociarlos con texturas y sensaciones.

El azul era el color de la seda. Había varios matices de verde: el claro, de la rugosidad del bambú y el más oscuro, de la tersura fría del jade. El amarillo eran los pétalos de las flores del iris. El rojo tenía la intensidad de las brasas ardientes; el blanco, la suavidad de su propia piel.

Una tarde Hui Ying consideró que lo que Zhao le transmitía podía ser compartido, que lo que su mente veía podía traducirse para que lo vieran otros. Tomó lo poco que quedaba de la dote y bajó hasta el pueblo. Compró papiros, pigmentos y pinceles. Ella no sabía escribir, así que pensó que la mejor manera de reproducir las historias sería con dibujos.

Volvió a su casa y empezó a pintar en cuanto Zhao comenzó un relato. Los colores que ella le había enseñado a percibir brotaban de sus pinceles y se enriquecían en la mezcla. Había en sus pinturas montañas, nieve, ríos, animales, cielos azules y rosados. A veces, neblina y bruma. Había bambúes y arrozales, enormes plantaciones de té, animales y personas tan reales que parecían moverse a través de los dibujos.

Y por sobre todo, y en todo, había mariposas. De alas enormes, extensas como las de un águila. De colores vivos y combinaciones maravillosas. Todas las texturas, todas las sensaciones de Zhao se transformaban en alguna clase de mariposa que corría inquieta entre los protagonistas de cada historia.

Nunca le habían enseñado a Hui Ying acerca de arte, nadie consideró que podía servirle a una chica del campo. Y sin embargo lograba dar vida a las palabras de su esposo en cada escena que ella plasmaba.

Apenas dos días después de empezada la tarea, la joven volvió a bajar al pueblo. Esta vez llevaba un morral lleno de estampas para vender. No tardó mucho. Todos apreciaban la belleza y la vida que brotaba de esas imágenes y querían llevarse un poco de eso. Con el dinero compró alimentos y más materiales para su trabajo, y volvió corriendo a la casa. Zhao pudo sentir su felicidad incluso antes de que cruzara la puerta.

Las nuevas sensaciones inspiraban más historias en él, más visiones, que ella retrataba cada vez con mayor dominio. Paisajes surrealistas, escenas de costumbres y de hechos novedosos. Mariposas, mariposas por doquier.

La noticia de la pintora de la aldea llegó al palacio del Emperador. No fue el interés artístico del monarca sino su vanidad la que hizo que mandara a llamar a la mujer. Un mandatario de su altura, con la fama que tenía como mecenas de los mejores artistas del imperio, no podía ignorar el fenómeno del que todo el mundo hablaba. Un ejército se adentró en los campos para buscarla, pero ella se negó a acompañarlos si Zhao no iba también con ellos.

Con la llegada al palacio, nuevos aromas dispararon nuevas historias, nuevas visiones. Zhao nunca antes había olido el oro. Tampoco manjares como los que se preparaban en ese lugar. Los sonidos también eran nuevos. El ir y venir de los soldados, el roce del metal de las armas, las fanfarrias que anunciaban cada movimiento desde apenas iniciado el día. La voz del emperador, la sumisión de los súbditos.

Hui Ying había llevado todas sus herramientas y no perdió ni un detalle de esas nuevas ideas.

Se les adjudicó una habitación con un taller para que ella pudiera trabajar, y el Emperador se convirtió en el dueño incuestionable de todo su arte.

La vida entre lujos era insípida, aún más chata que la vida en la aldea. Las historias de Zhao iluminaban los días y los ayudaban a ignorar su condición de prisioneros disimulados como invitados. Traiciones, secretos, personajes oscuros como nunca había imaginado en el campo. Cortesanas, amantes, intrigas políticas, todo llegaba a la percepción de ese hombre de cuerpo limitado y su esposa todo lo plasmaba en imágenes, muchas serían luego censuradas por exponer en detalle la vida palaciega.

Jamás volvieron a la aldea. El viejo emperador murió y a su hijo las pinturas no le interesaban en absoluto, sin embargo, respetuoso de las tradiciones, dejó que los viejos siguieran en el palacio hasta que les llegara la muerte.

Hui Ying y Zhao no tuvieron hijos, las deformidades del exterior de su cuerpo se continuaban por dentro y él no podía ser padre.

Pasó el tiempo y ambos envejecieron. Las manos de Hui Ying seguían siendo hábiles, ya expertas, para el dibujo, pero la mente de Zhao comenzaba a cansarse. Sus descripciones se empobrecían, su percepción no llegaba tan lejos. Lo primero que perdió fue la capacidad de encontrar colores en las cosas. Hui Ying siguió pintando sus amadas mariposas, pero solo de marrón opaco, un tono que no correspondía a ninguna de las texturas que ella había encontrado, sino a la carencia de otro color. Insectos que no existían en la realidad, que nadie nunca había visto.

Eran mariposas pobres, tristes, algunas con manchas negras en las alas, y voracidad nocturna.

La muerte llegó primero buscando a Zhao, una noche de invierno de la que nunca despertó.

Lo enterraron con honores que nadie esperaba y esa misma tarde Hui Ying se ocupó de ordenar sus últimas pinturas. Acomodó todo en el taller y se fue a dormir dejando las ventanas abiertas.

Durante la madrugada ella voló tras el alma de su esposo.

Las mariposas también partieron: se desprendieron de sus papiros y volaron a invadir las ciudades, las aldeas y los bosques. Se instalaron en los rincones y anidaron en árboles y paredes, llenando todo de crisálidas grises.

Hacía mucho frío esa noche. Y cuentan los ancianos que aquella fue la primera vez que se vieron las mariposas marrones en ese país.

 


María Victoria Vázquez (Argentina) nació en el conurbano en 1973. 

Estudió Ciencias de la Comunicación en la U.B.A. y es docente de inglés.

Colaboradora bilingüe de la revista digital "Mi Natura", participa en publicaciones como la revista "Ragnarök" y "El Narratorio".

Publicó dos libros de cuentos; "Frío" (2016) y "Salamandra" (2019), ambos por Editorial Textos Intrusos.

martes, 28 de julio de 2020

Algo está por pasar, por Tamara Wolf




Una marea de sentimientos, un remolino de pensamientos. 
Imágenes, sensaciones, recuerdos. 
Por momentos se vuelven difíciles de identificar, son un todo y un nada. 
Te abruman, te marean, y se apoderan de vos.
Sentís que vas perdiendo el control de tu línea de pensamiento, te invade un exceso de sentimientos que ya no podés controlar.
Es ahí cuando empezas a perderte, se siente todo diferente y comenzas a dudar.
Recuerdos, tiempo y espacio, que fue real, que te contaron y que pudiste inventar
Teniendo todo mezclado, futuro, presente y pasado es imposible de soportar.
Entras en un torbellino, el dolor, la tristeza, la impotencia y el miedo son imposibles de expresar.
Buscas una salida, gritas, lloras y tratas de lastimarte. 
Quizás el dolor físico ayude a aplacar todo lo demás, quizás a través de las heridas logre salir el veneno que no te deja respirar. O tratas de concentrarte en otra cosa que te distraiga de esa realidad
Perdes la dimensión del tiempo, todo se siente muy violento y empezas a hiper ventilar.
Y así se pasan las horas, sumergida en un ataque de pánico del que sentís que nunca vas a poder salir.
Sabes que sos tu peor enemigo y rogas que no haya algún testigo de la locura que desplegas. 
Y todo esto va aumentando, mientras te vas sofocando y sentís que no podes más.
Con suerte alguna voz compasiva trate de guiarte a un lugar seguro.
Concéntrate, respira hondo, no te dejes llevar.
Pero el terror se apodera, el miedo lleva la delantera y comenzas a pelear, con vos mismo, con el mundo y con esa voz que te quiere ayudar.
Te sentís culpable de todo, un inútil, una carga y solo sabes hacer mal.
Hasta que tu cuerpo y mente están exhaustos y, por algún milagro, la cosa se empieza a aplacar.
Ahí empieza el después, más culpa, más dolor, más miedo e impotencia
Lleva días reponerse, tu cuerpo tu mente, tu alma sufren las consecuencias y quedan algunas molestias hasta que te logras “recuperar".

Y así pasa el tiempo hasta que volves a sentir en todo el cuerpo que algo está por pasar.

*

A veces pienso en ir a la playa, estar junto a al mar y soltar, dejar cambiar.
Y ahora que estoy sentada en la orilla me pregunto,  ¿Cómo funciona? ¿Qué hay que hacer?  Mojarse entre las olas y que el agua ayude a mudar, a renovar. La arena limpiando las impurezas y las dudas o será quizás la brisa marina que ayuda a pensar, reflexionar.
Será una simbiosis natural, un intercambio sin igual, habrá que hacer un pedido o quizás ofrecer algo a cambio?
Filosofando frente al horizonte,
Mejorar, sanar, avanzar.


Tamara Wolf (Argentina),: Vivo en Israel hace once años. Estoy pasando por una etapa muy difícil de mi vida, una depresión fuerte. Lo que me ayuda a salir de esas situaciones, a veces, es el arte, sobre todo dibujos y pinturas. Esta vez, después de mucho tiempo, escribí. Uno de los textos más importantes para mí, lo escribí mientras estaba comenzando a tener un ataque de pánico, y sentí que necesitaba dejar un registro de mis emociones. La palabra es una buena forma de hacer catarsis, de entenderme en lo que me pasa, y de comunicar a los demás las cosas que siento.

sábado, 4 de julio de 2020

Estaciones del tiempo, por Yessika María Rengifo Castillo


Estaciones del tiempo

Tardes frías que aún no
logran descifrar los misterios
del sol
memorias que traen hombres y mujeres
de luchas
entre ideas y tintas de sangre
que han forjado caminos de luz
de un pasado y presente
en estaciones del tiempo.

La lluvia
En la lluvia, por la noche, tristes preguntas:
¿Dónde estás? ¿En qué momento?
¿Me extrañaras? Pienso en nuestras promesas
en los parques bajo la lluvia:
todo se pierde en el tiempo.
La lluvia. La lluvia aniquila todo.
Me aferre a historias de sueños mejores…
Y canciones de los viejos danzaron
en mi mente, melancólica…
El sol me miraba con ternura.
Las dalias se dormían,
y el cielo jugaba con las nubes,
alegrando mi corazón enamorado…
Y cuando los girasoles
románticos, abrieron la primavera
vi en mi rostro tanta magia,
¡que me dejó  los sueños de la lluvia!


Yessika María Rengifo Castillo (Colombia). Poeta, narradora, articulista, e investigadora. Docente. Licenciada en Humanidades y Lengua Castellana, especialista en Infancia, Cultura y Desarrollo, y Magister en Infancia y Cultura de la Universidad Distrital Francisco José De Caldas, Bogotá, Colombia. Desde niña ha sido una apasionada por los procesos de lecto-escritura, ha publicado para las revistas Infancias Imágenes, Plumilla Educativa, Interamericana De Investigación, Educación, Pedagogía, Escribanía, Proyecto Sherezade, entre otras. Autora del poemario: Palabras en la distancia (2015), los libros El silencio y otras historias, y Luciana y algo más que contar. Recientemente ha publicado su tercer y cuarto libro: La espera bajo el sello (Editorial Historias Pulp) y Entre Causas y Otras Causas (Editorial Letroides). Además, recientemente publicó bajo los sellos Gazeta e Historias Pulp el libro: A los niños les cuentan. Ganadora del I Concurso Internacional Literario de Minipoemas Recuerda, 2017 con la obra: No te recuerdo, Amanda.
Facebook: Jessi Porque Rengifo Rengifo





martes, 23 de junio de 2020

Tender, por Ezequiel Wolf

Irina Roslyakova



Siguió volando por el entusiasmo del beso con el vaso en la mano. Bailó abrazada a la sensación, y apoyada en el marco de la ventana que estaba abierta recitó: “No sé por dónde andarás. Espero puedas ver el cielo y sentir cómo esa luna blanca nos toca y nos corta la cara. Descalzo y en puntas de pie apenas llegás a los pedales, yo sé que los sábados a la noche te gusta jugar a perderte, total, todas las curvas de la ciudad desembocan en el mar. Acá la madrugada ya acuna rumores del fin de la cuarentena, no de la enfermedad, lo cual, en lo personal me alerta, me tensa. Qué más. El cielo se aclara lento y constante como respuesta de anticipación involuntaria a la primavera boreal”. Desespera la velocidad con la que la sangre bulle por sus venas. Se quedó dormida a medio desvestirse, con el velador encendido, el vaso de vino en la mesa de luz y la mano hundida en su bragueta. Durmió de corrido hasta pasadas las 2, cuando las voces de ida y vuelta de un llamado en altavoz quebraron el silencio sordo del sueño, y la transpiración del sol en la cara la sofocó. Se despertó, toda mojada, transpirada y con sed. De reojó, relojeó la habitación, desdibujada, fuera de foco. El resto como si nada. Ella manoteó el vaso, se resbaló. Las pocas gotas que quedaban se derramaron sobre la almohada. Desarmó la cama, abrió la ventana, y con cuaderno y los auriculares fue a la cocina, a por un café. Tarareó melodías de su lengua materna acunadas en su cabeza. Si alguien la viese, le daría la impresión que reza. Dos tazas de caféconlechecondensada al hilo para entrar en ritmo. Todavía algo mareada abrió el cuaderno, y leyó las últimas dos citas escritas por él con su cursiva horrible. La primera, casi ilegible, una mala traducción de un proverbio. La segunda, de Pina Bausch “No me interesa cómo se mueve el ser humano sino aquello que lo conmueve” firmada con el nombre de él. La leyó otra vez, en voz alta, contó hasta 8 y tachó el nombre. Desde la tachadura trazó una flecha hacia abajo, y mientras recitaba escribió “Tanto que hacer el día de hoy. Matar la memoria. Asesinar el dolor. Convertir el corazón en roca y disponerse a seguir viviendo”. Respiró hondo inflándose el pecho y firmó: La sentencia. Ana Ajmátova. Contuvo la respiración y el llanto hasta llegar a la habitación. Cruzó la puerta y se desahogó. Su compañera de cuarto había salido. Se arrastró hasta la cama. Hoy es domingo dijo. Domingo y buscó en el reproductor de música del celular una canción que sonase al azar… No distance left to run. No, dijo, y se sacó los auriculares. Despacio domingo, despacio. Domingo de espacios. Tomó distancia del teléfono, lo apoyó contra la pared y entonces vio que la pantalla reproducía el video en el que Damon, al igual que ella, se hace un nudo en la almohada. La canción terminó y se quedó acostada en silencio hasta que fueron las 19:09, cuando vio por el reflejo, que a pesar de que las cortinas azules y blancas con horribles motivos circulares dorados, la luz del sol igual se colaba en la pared blanca, sobre la cama vacía, a las veces usada de sillón o de reposera, para leer y tomar sol. Se levantó y fue hasta la cocina. Puso agua para un té. En ese lapso eligió el de jengibre y puso el saquito en la taza. Abrió el cajón para ver si quedaba algo dulce no. Abrió la heladera, sacó media manzana oxidada y le dio un mordisco. No dijo, le falta algo. De reojo vio la miel. Abrió el frasco, sacó la tapa y ungió el pedazo de manzana que se le resbaló y cayó dentro. El agua hirvió. Ella sonrió y metió los dedos, no había caso. La manzana caía cada vez más adentro. Se llevó los dedos bañados de miel a la boca. Ya tentada, vertió el agua y con la cuchara sacó la manzana. Para no chorreara de más levantó la taza inclinándola por sobre la boca del jarro y la metió en la taza. Vertió el agua y contó hasta diez. Por el reflejo de la ventana de enfrente vio que se acercaba la hora de la puesta del sol. Empuñó la taza y caminó hasta la habitación. Agarró el celular de la cama, y con su té de jengibre limón y miel en mano puso al azar otra canción de Blur. El hi hat marcó cuatro y sonó Tender y asomada por la ventana la ternura fantasma se diluyó con el sol al atardecer.



Tender: Zona Bulias de #Sobre20Canciones21Ajenas.






Ezequiel.Wolf (Argentina, 1985) Militante del caféconleche. Palabrista, locutor, docente y radiohablante, todavía escribe a mano. Publicó la novela "Retazos en la casa del viento" (2009) y varios poemas editados en antologías. Produjo y guionó los ciclos Terturlia Verbo Carne y Habladurías del Mundo. Publicó "Mientras Tanto" (2019) Editorial Indómita Luz.

Escribiendo en servilletas, desunando nudos de papel, ganó una beca para estudiar en la Universidad de Szeged, Hungría.

Textuales, Texturales y Sobre 20 canciones 21 ajenas, son sus tres nuevos proyectos.




lunes, 15 de junio de 2020

Breve Devocionario de Nubes Pasajeras, por Christian Kupchik

Cassander Eeftinck Schattenkerk



Borges, uno y el otro
 
I
 
Imaginen un día de sol, hace muchos años. 
Imaginen que caminan conmigo por la calle Florida. 
Del brazo derecho llevo a una robusta acompañante; 
la mano izquierda se cierra sobre el puño 
que sostiene el viejo bastón nórdico. 
Ese hombre se unió a nosotros, 
pero no era Borges.
 
II
 

Vivió dos vidas.
En una se divirtió. En la otra se aburrió.
En una fue Jorge Luis Borges.
En la otra su recuerdo.
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Sentencias del hombre que está solo…

Pasó sus años en la espera.
Esperó una Ana. 
Esperó un tren. 
Esperó una recomendación.
Al fin, esperó el fin.
Una vez arribado
también el fin pasó.

Boris N. Bugaev, llamado Andrei Bely

“Y pensar que Bely,
en su lengua,
quiere decir blanco.”

Más que a las ciencias exactas o Buda,
amó la nada.
Más que el vodka o el foxtrot,
amó la noche.
Nocturna es su más adorable novela
Petersburgo,
poblada de espejos que reflejan
los contornos del vacío.
Diurna –quizás por un despecho del Destino–
fue su muerte: el último día de diciembre 1933
se aventuró en una tonta playa de Crimea.
Una insolación invernal lo habría matado.


Musil, el evanescente

Una foto de 1916
en el jardín de la pensión Fortuna
lo descubre como siempre:
el más elegante de la Kakania.
Era la gracia propia de un país
que nunca existió.
Algo distante, es cierto,
como si no fuese él,
ni ese jardín perteneciera a la pensión
o la pensión a la Tierra.
Allí habitaba
indiferente al disparo de la cámara,
como si el mundo fuese
una lábil broma banal
bajo sus pies.

Felisberto, pianista sin teclas

Como pianista autodidacta
colmaba de notas silenciosas
el rumor de las películas mudas.
Como escritor consumado,
considerado entre los más amables
o insolentes a ambas orillas del río,
se negó a cerrar con finales
sus historias.


M. Rubio, boxeador inesperado

“…cuando suena la campana, te sacan el banquito 
y uno se queda solo.”
Oscar “Ringo” Bonavena


Se cuidó en la báscula y utilizó sus mejores plumas
para lanzar jabs demoledores y uppercuts letales
sobre mandíbulas de cristal.
No hubo un solo fantasma de la pampa
que le aguantara más de un round.
Los reflectores enfocaron hacia otro lado,
pero a él no le importó.
Recogió el cinturón, alzó los guantes
y se perdió en la niebla.
Cada tanto reaparece en algún pueblo olvidado.
Sube al ring, saluda para nadie,
y cumple con su misión.
El invicto es suyo.
Lo otro también.





*Poemas inéditos

Christian Kupchik (Argentina) traductor del sueco, noruego, francés, inglés y portugués. Tradujo obras de Strindberg, Ibsen, Balzac, Perec, Pessoa, entre otros.
Experto en literatura de viajes, compiló los libros “El camino de las damas” (Escritoras viajeras), “En busca de Cathay” (Travesías por los enigmas de la ruta de la seda), “La ruta argentina” (El país contado por viajeros) y “Las huellas del río” 
Publicó cinco libros de poesía (uno de ellos, Transatlantik, en sueco), uno de relatos (Fuera de Lugar, Cal y Canto, Montevideo, 1996), el ensayo sobre el filósofo y visionario sueco Emmanuel Swedenborg, La Arquitectura del Cielo (Adriana Hidalgo, Buenos Aires, 2003)
Dirige la exquisita revista Siwa.



martes, 2 de junio de 2020

Incertidumbre, por Juan Miguel Idiazabal





I

Incertidumbre, cómo explicarle eso a una persona.
Incertidumbre es estar en un campamento con la escuela. Están jugando a un juego tipo el grillo en grupo. Salir del camping donde está tu carpa. Ves a unos tipos sobre la ruta, no es el otro equipo. Los ves alejarse. Se acerca una camioneta llena de tipos, te amenazan. Saltás frente a un tipo que amenaza con darte un tiro si no le decís lo que quiere escuchar a la vera de la ruta cuando tenés 15 o 16 años. Todo porque tus compañeros, esos que se creían los más pijas y los más pulentas, se hicieron los locos frente a un desconocido que les estaba haciendo preguntas muy incómodas para que la profesora a tu lado pudiera responder. Junto a ella, solucionas las cosas con el corazón imitando a Roger Taylor en un solo satánico.
Incertidumbre es ir a un bar. Un tugurio cualquiera sólo porque te invitaron a leer a un evento del que no sabes nada salvo el nombre: La Prosa Mutante. No conocés a nadie. Te sentás con tus hojitas en una mesa delante de todo. Dos chicas que no conoces te piden sentarse con vos, les decís que sí. Charlan, se toman algo con vos. El lugar está lleno. Te tiemblan las manos cuando subís al escenario. La voz se te está por quebrar en la primera palabra. A medida que leés, tomás fuerza. Esa energía que te paralizaba, ahora te vitaliza. Desde ese día, no faltás salvo por fuerza mayor. Ya no importa que sólo sean vos y tus hojas.
Incertidumbre fue elegir estudiar para ser traductor, luego sin casi pensarlo mucho. Solo yo y la almohada de testigo de mis procesos mentales. Esa decisión que luego de 3 años me embarcó en la vertiginosa vida dividida entre una cama en La Plata y el trabajo y el estudio en Buenos Aires. Volver a la ciudad de los lobos marinos de piedra para continuar como escollera mi especialización en docencia. Durante ese tramo especializarme en Procesos Judiciales. Las noches en vela traduciendo. Los kilómetros fríos sobre el asfalto del colectivo para llegar a esas escuelas rurales y nocturnas.
Incertidumbre es decidir sumarte a un grupo, a correr. Esa actividad que nunca pudiste hacer pues los pulmones nunca te dieron para tanto. La noche fría, cargada de esa humedad que se pega en la ropa por dentro y por fuera. Escuchar al entrenador que te grita, - ¡Dale, vos podés! ¡Una vuelta más! - Seguir hasta caer en la cama rendido a las 11 de la noche. Sonriendo entre extraños con la misma cara de cansado que vos durante año y medio.
Incertidumbre es levantarte una mañana con el destino en la cabeza: China, sólo, sin hablar el idioma, con una valija y el inglés como mis aliados. Anunciarle a tu mamá: “Me voy a China en Marzo”. Perdido en el éter de la vida, tomé una de las decisiones más importantes de mi vida con la almohada otra vez como única aliada. Siete de los mejores meses me esperaron. Llenos de peripecias y aventuras, pero mierda, que buenos siete meses fueron al final de cuentas.
Incertidumbre es una llamada que cambia tu vida. Literalmente, de la noche a la mañana. Dejar todo. Viajar 56 horas para ver a tu papá que se muere. Agarrar tu caparazón y usarlo de escudo. Caminar pasillos desinfectados de virus y bacterias, pero repletos de mentes enfermas. Levantar el ataúd, de eso que hasta horas antes era tu viejo, y salir rumbo a lo desconocido del mañana.
Incertidumbre es chatear con alguien que conoce tu vida mejor que vos. Te leyó los pensamientos en línea. Descifró algunos de tus secretos, y quiere aprender el idioma de los que les falta. Encontrarla con la cabeza dentro del horno con los guantes de goma puestos, embadurnada en espuma limpiadora. Reír juntos ante lo absurdo. Dormirse de madrugada transpirados, salivados, colgados de los ojos del otro luego de una sesión de carnalidad desenfrenada. Despertar con todos tus órganos en su lugar. Buscarle la quinta pata al gato juntos en los meses que vendrán hasta enamorarse como dos adolescentes estupidificados por las hormonas.
Sólo mis pensamientos y yo. Siempre de la noche a la mañana, mirando al futuro incierto sin temor. Eso es la incertidumbre. El instante en que se apodera de vos una energía igual a la de saltar al frente de un tipo amenazante. A la de tomar decisiones por impulso.
Sos un impulso que todo lo puede.
La incertidumbre es sólo un momento de duda frente al impulso, tómalo o déjalo. Yo sigo eligiendo tomarlo. La vida es muy aburrida para no hacerlo.

II

Levantarte de la cama,
el nanosegundo
exacto
en el cual tomamos la decisión,
allí, todos tememos
apoyar nuestros pies,
resbalarnos camino al baño,
partirnos la cabeza
contra el inodoro
cagado,
que nos encuentren así,
semidesnudos,
con la cabeza manchada
de mierda y sangre.
Ese instante profético
al que no escuchamos nunca.
Ese momento de claridad deífica
al que nunca escuchamos,
eso es la incertidumbre




Juan Miguel Idiazabal, (Argentina, Mar del Plata) (1984). Traductor Público y Docente de Inglés. Miembro del colectivo La Prosa Mutante; de la SEA; y de la Asociación de Escritores de Euskadi. Publicó 10 libros a la fecha, el último es Mateando con Mao (2019, Rangún). Dirige el sello independiente Herensuge. Participó de más de 50 publicaciones en antologías, revistas y diarios tanto impresas como digitales en español e inglés.