martes, 28 de julio de 2020

Algo está por pasar, por Tamara Wolf




Una marea de sentimientos, un remolino de pensamientos. 
Imágenes, sensaciones, recuerdos. 
Por momentos se vuelven difíciles de identificar, son un todo y un nada. 
Te abruman, te marean, y se apoderan de vos.
Sentís que vas perdiendo el control de tu línea de pensamiento, te invade un exceso de sentimientos que ya no podés controlar.
Es ahí cuando empezas a perderte, se siente todo diferente y comenzas a dudar.
Recuerdos, tiempo y espacio, que fue real, que te contaron y que pudiste inventar
Teniendo todo mezclado, futuro, presente y pasado es imposible de soportar.
Entras en un torbellino, el dolor, la tristeza, la impotencia y el miedo son imposibles de expresar.
Buscas una salida, gritas, lloras y tratas de lastimarte. 
Quizás el dolor físico ayude a aplacar todo lo demás, quizás a través de las heridas logre salir el veneno que no te deja respirar. O tratas de concentrarte en otra cosa que te distraiga de esa realidad
Perdes la dimensión del tiempo, todo se siente muy violento y empezas a hiper ventilar.
Y así se pasan las horas, sumergida en un ataque de pánico del que sentís que nunca vas a poder salir.
Sabes que sos tu peor enemigo y rogas que no haya algún testigo de la locura que desplegas. 
Y todo esto va aumentando, mientras te vas sofocando y sentís que no podes más.
Con suerte alguna voz compasiva trate de guiarte a un lugar seguro.
Concéntrate, respira hondo, no te dejes llevar.
Pero el terror se apodera, el miedo lleva la delantera y comenzas a pelear, con vos mismo, con el mundo y con esa voz que te quiere ayudar.
Te sentís culpable de todo, un inútil, una carga y solo sabes hacer mal.
Hasta que tu cuerpo y mente están exhaustos y, por algún milagro, la cosa se empieza a aplacar.
Ahí empieza el después, más culpa, más dolor, más miedo e impotencia
Lleva días reponerse, tu cuerpo tu mente, tu alma sufren las consecuencias y quedan algunas molestias hasta que te logras “recuperar".

Y así pasa el tiempo hasta que volves a sentir en todo el cuerpo que algo está por pasar.

*

A veces pienso en ir a la playa, estar junto a al mar y soltar, dejar cambiar.
Y ahora que estoy sentada en la orilla me pregunto,  ¿Cómo funciona? ¿Qué hay que hacer?  Mojarse entre las olas y que el agua ayude a mudar, a renovar. La arena limpiando las impurezas y las dudas o será quizás la brisa marina que ayuda a pensar, reflexionar.
Será una simbiosis natural, un intercambio sin igual, habrá que hacer un pedido o quizás ofrecer algo a cambio?
Filosofando frente al horizonte,
Mejorar, sanar, avanzar.


Tamara Wolf (Argentina),: Vivo en Israel hace once años. Estoy pasando por una etapa muy difícil de mi vida, una depresión fuerte. Lo que me ayuda a salir de esas situaciones, a veces, es el arte, sobre todo dibujos y pinturas. Esta vez, después de mucho tiempo, escribí. Uno de los textos más importantes para mí, lo escribí mientras estaba comenzando a tener un ataque de pánico, y sentí que necesitaba dejar un registro de mis emociones. La palabra es una buena forma de hacer catarsis, de entenderme en lo que me pasa, y de comunicar a los demás las cosas que siento.

sábado, 4 de julio de 2020

Estaciones del tiempo, por Yessika María Rengifo Castillo


Estaciones del tiempo

Tardes frías que aún no
logran descifrar los misterios
del sol
memorias que traen hombres y mujeres
de luchas
entre ideas y tintas de sangre
que han forjado caminos de luz
de un pasado y presente
en estaciones del tiempo.

La lluvia
En la lluvia, por la noche, tristes preguntas:
¿Dónde estás? ¿En qué momento?
¿Me extrañaras? Pienso en nuestras promesas
en los parques bajo la lluvia:
todo se pierde en el tiempo.
La lluvia. La lluvia aniquila todo.
Me aferre a historias de sueños mejores…
Y canciones de los viejos danzaron
en mi mente, melancólica…
El sol me miraba con ternura.
Las dalias se dormían,
y el cielo jugaba con las nubes,
alegrando mi corazón enamorado…
Y cuando los girasoles
románticos, abrieron la primavera
vi en mi rostro tanta magia,
¡que me dejó  los sueños de la lluvia!


Yessika María Rengifo Castillo (Colombia). Poeta, narradora, articulista, e investigadora. Docente. Licenciada en Humanidades y Lengua Castellana, especialista en Infancia, Cultura y Desarrollo, y Magister en Infancia y Cultura de la Universidad Distrital Francisco José De Caldas, Bogotá, Colombia. Desde niña ha sido una apasionada por los procesos de lecto-escritura, ha publicado para las revistas Infancias Imágenes, Plumilla Educativa, Interamericana De Investigación, Educación, Pedagogía, Escribanía, Proyecto Sherezade, entre otras. Autora del poemario: Palabras en la distancia (2015), los libros El silencio y otras historias, y Luciana y algo más que contar. Recientemente ha publicado su tercer y cuarto libro: La espera bajo el sello (Editorial Historias Pulp) y Entre Causas y Otras Causas (Editorial Letroides). Además, recientemente publicó bajo los sellos Gazeta e Historias Pulp el libro: A los niños les cuentan. Ganadora del I Concurso Internacional Literario de Minipoemas Recuerda, 2017 con la obra: No te recuerdo, Amanda.
Facebook: Jessi Porque Rengifo Rengifo





martes, 23 de junio de 2020

Tender, por Ezequiel Wolf

Irina Roslyakova



Siguió volando por el entusiasmo del beso con el vaso en la mano. Bailó abrazada a la sensación, y apoyada en el marco de la ventana que estaba abierta recitó: “No sé por dónde andarás. Espero puedas ver el cielo y sentir cómo esa luna blanca nos toca y nos corta la cara. Descalzo y en puntas de pie apenas llegás a los pedales, yo sé que los sábados a la noche te gusta jugar a perderte, total, todas las curvas de la ciudad desembocan en el mar. Acá la madrugada ya acuna rumores del fin de la cuarentena, no de la enfermedad, lo cual, en lo personal me alerta, me tensa. Qué más. El cielo se aclara lento y constante como respuesta de anticipación involuntaria a la primavera boreal”. Desespera la velocidad con la que la sangre bulle por sus venas. Se quedó dormida a medio desvestirse, con el velador encendido, el vaso de vino en la mesa de luz y la mano hundida en su bragueta. Durmió de corrido hasta pasadas las 2, cuando las voces de ida y vuelta de un llamado en altavoz quebraron el silencio sordo del sueño, y la transpiración del sol en la cara la sofocó. Se despertó, toda mojada, transpirada y con sed. De reojó, relojeó la habitación, desdibujada, fuera de foco. El resto como si nada. Ella manoteó el vaso, se resbaló. Las pocas gotas que quedaban se derramaron sobre la almohada. Desarmó la cama, abrió la ventana, y con cuaderno y los auriculares fue a la cocina, a por un café. Tarareó melodías de su lengua materna acunadas en su cabeza. Si alguien la viese, le daría la impresión que reza. Dos tazas de caféconlechecondensada al hilo para entrar en ritmo. Todavía algo mareada abrió el cuaderno, y leyó las últimas dos citas escritas por él con su cursiva horrible. La primera, casi ilegible, una mala traducción de un proverbio. La segunda, de Pina Bausch “No me interesa cómo se mueve el ser humano sino aquello que lo conmueve” firmada con el nombre de él. La leyó otra vez, en voz alta, contó hasta 8 y tachó el nombre. Desde la tachadura trazó una flecha hacia abajo, y mientras recitaba escribió “Tanto que hacer el día de hoy. Matar la memoria. Asesinar el dolor. Convertir el corazón en roca y disponerse a seguir viviendo”. Respiró hondo inflándose el pecho y firmó: La sentencia. Ana Ajmátova. Contuvo la respiración y el llanto hasta llegar a la habitación. Cruzó la puerta y se desahogó. Su compañera de cuarto había salido. Se arrastró hasta la cama. Hoy es domingo dijo. Domingo y buscó en el reproductor de música del celular una canción que sonase al azar… No distance left to run. No, dijo, y se sacó los auriculares. Despacio domingo, despacio. Domingo de espacios. Tomó distancia del teléfono, lo apoyó contra la pared y entonces vio que la pantalla reproducía el video en el que Damon, al igual que ella, se hace un nudo en la almohada. La canción terminó y se quedó acostada en silencio hasta que fueron las 19:09, cuando vio por el reflejo, que a pesar de que las cortinas azules y blancas con horribles motivos circulares dorados, la luz del sol igual se colaba en la pared blanca, sobre la cama vacía, a las veces usada de sillón o de reposera, para leer y tomar sol. Se levantó y fue hasta la cocina. Puso agua para un té. En ese lapso eligió el de jengibre y puso el saquito en la taza. Abrió el cajón para ver si quedaba algo dulce no. Abrió la heladera, sacó media manzana oxidada y le dio un mordisco. No dijo, le falta algo. De reojo vio la miel. Abrió el frasco, sacó la tapa y ungió el pedazo de manzana que se le resbaló y cayó dentro. El agua hirvió. Ella sonrió y metió los dedos, no había caso. La manzana caía cada vez más adentro. Se llevó los dedos bañados de miel a la boca. Ya tentada, vertió el agua y con la cuchara sacó la manzana. Para no chorreara de más levantó la taza inclinándola por sobre la boca del jarro y la metió en la taza. Vertió el agua y contó hasta diez. Por el reflejo de la ventana de enfrente vio que se acercaba la hora de la puesta del sol. Empuñó la taza y caminó hasta la habitación. Agarró el celular de la cama, y con su té de jengibre limón y miel en mano puso al azar otra canción de Blur. El hi hat marcó cuatro y sonó Tender y asomada por la ventana la ternura fantasma se diluyó con el sol al atardecer.



Tender: Zona Bulias de #Sobre20Canciones21Ajenas.






Ezequiel.Wolf (Argentina, 1985) Militante del caféconleche. Palabrista, locutor, docente y radiohablante, todavía escribe a mano. Publicó la novela "Retazos en la casa del viento" (2009) y varios poemas editados en antologías. Produjo y guionó los ciclos Terturlia Verbo Carne y Habladurías del Mundo. Publicó "Mientras Tanto" (2019) Editorial Indómita Luz.

Escribiendo en servilletas, desunando nudos de papel, ganó una beca para estudiar en la Universidad de Szeged, Hungría.

Textuales, Texturales y Sobre 20 canciones 21 ajenas, son sus tres nuevos proyectos.




lunes, 15 de junio de 2020

Breve Devocionario de Nubes Pasajeras, por Christian Kupchik

Cassander Eeftinck Schattenkerk



Borges, uno y el otro
 
I
 
Imaginen un día de sol, hace muchos años. 
Imaginen que caminan conmigo por la calle Florida. 
Del brazo derecho llevo a una robusta acompañante; 
la mano izquierda se cierra sobre el puño 
que sostiene el viejo bastón nórdico. 
Ese hombre se unió a nosotros, 
pero no era Borges.
 
II
 

Vivió dos vidas.
En una se divirtió. En la otra se aburrió.
En una fue Jorge Luis Borges.
En la otra su recuerdo.
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Sentencias del hombre que está solo…

Pasó sus años en la espera.
Esperó una Ana. 
Esperó un tren. 
Esperó una recomendación.
Al fin, esperó el fin.
Una vez arribado
también el fin pasó.

Boris N. Bugaev, llamado Andrei Bely

“Y pensar que Bely,
en su lengua,
quiere decir blanco.”

Más que a las ciencias exactas o Buda,
amó la nada.
Más que el vodka o el foxtrot,
amó la noche.
Nocturna es su más adorable novela
Petersburgo,
poblada de espejos que reflejan
los contornos del vacío.
Diurna –quizás por un despecho del Destino–
fue su muerte: el último día de diciembre 1933
se aventuró en una tonta playa de Crimea.
Una insolación invernal lo habría matado.


Musil, el evanescente

Una foto de 1916
en el jardín de la pensión Fortuna
lo descubre como siempre:
el más elegante de la Kakania.
Era la gracia propia de un país
que nunca existió.
Algo distante, es cierto,
como si no fuese él,
ni ese jardín perteneciera a la pensión
o la pensión a la Tierra.
Allí habitaba
indiferente al disparo de la cámara,
como si el mundo fuese
una lábil broma banal
bajo sus pies.

Felisberto, pianista sin teclas

Como pianista autodidacta
colmaba de notas silenciosas
el rumor de las películas mudas.
Como escritor consumado,
considerado entre los más amables
o insolentes a ambas orillas del río,
se negó a cerrar con finales
sus historias.


M. Rubio, boxeador inesperado

“…cuando suena la campana, te sacan el banquito 
y uno se queda solo.”
Oscar “Ringo” Bonavena


Se cuidó en la báscula y utilizó sus mejores plumas
para lanzar jabs demoledores y uppercuts letales
sobre mandíbulas de cristal.
No hubo un solo fantasma de la pampa
que le aguantara más de un round.
Los reflectores enfocaron hacia otro lado,
pero a él no le importó.
Recogió el cinturón, alzó los guantes
y se perdió en la niebla.
Cada tanto reaparece en algún pueblo olvidado.
Sube al ring, saluda para nadie,
y cumple con su misión.
El invicto es suyo.
Lo otro también.





*Poemas inéditos

Christian Kupchik (Argentina) traductor del sueco, noruego, francés, inglés y portugués. Tradujo obras de Strindberg, Ibsen, Balzac, Perec, Pessoa, entre otros.
Experto en literatura de viajes, compiló los libros “El camino de las damas” (Escritoras viajeras), “En busca de Cathay” (Travesías por los enigmas de la ruta de la seda), “La ruta argentina” (El país contado por viajeros) y “Las huellas del río” 
Publicó cinco libros de poesía (uno de ellos, Transatlantik, en sueco), uno de relatos (Fuera de Lugar, Cal y Canto, Montevideo, 1996), el ensayo sobre el filósofo y visionario sueco Emmanuel Swedenborg, La Arquitectura del Cielo (Adriana Hidalgo, Buenos Aires, 2003)
Dirige la exquisita revista Siwa.



martes, 2 de junio de 2020

Incertidumbre, por Juan Miguel Idiazabal





I

Incertidumbre, cómo explicarle eso a una persona.
Incertidumbre es estar en un campamento con la escuela. Están jugando a un juego tipo el grillo en grupo. Salir del camping donde está tu carpa. Ves a unos tipos sobre la ruta, no es el otro equipo. Los ves alejarse. Se acerca una camioneta llena de tipos, te amenazan. Saltás frente a un tipo que amenaza con darte un tiro si no le decís lo que quiere escuchar a la vera de la ruta cuando tenés 15 o 16 años. Todo porque tus compañeros, esos que se creían los más pijas y los más pulentas, se hicieron los locos frente a un desconocido que les estaba haciendo preguntas muy incómodas para que la profesora a tu lado pudiera responder. Junto a ella, solucionas las cosas con el corazón imitando a Roger Taylor en un solo satánico.
Incertidumbre es ir a un bar. Un tugurio cualquiera sólo porque te invitaron a leer a un evento del que no sabes nada salvo el nombre: La Prosa Mutante. No conocés a nadie. Te sentás con tus hojitas en una mesa delante de todo. Dos chicas que no conoces te piden sentarse con vos, les decís que sí. Charlan, se toman algo con vos. El lugar está lleno. Te tiemblan las manos cuando subís al escenario. La voz se te está por quebrar en la primera palabra. A medida que leés, tomás fuerza. Esa energía que te paralizaba, ahora te vitaliza. Desde ese día, no faltás salvo por fuerza mayor. Ya no importa que sólo sean vos y tus hojas.
Incertidumbre fue elegir estudiar para ser traductor, luego sin casi pensarlo mucho. Solo yo y la almohada de testigo de mis procesos mentales. Esa decisión que luego de 3 años me embarcó en la vertiginosa vida dividida entre una cama en La Plata y el trabajo y el estudio en Buenos Aires. Volver a la ciudad de los lobos marinos de piedra para continuar como escollera mi especialización en docencia. Durante ese tramo especializarme en Procesos Judiciales. Las noches en vela traduciendo. Los kilómetros fríos sobre el asfalto del colectivo para llegar a esas escuelas rurales y nocturnas.
Incertidumbre es decidir sumarte a un grupo, a correr. Esa actividad que nunca pudiste hacer pues los pulmones nunca te dieron para tanto. La noche fría, cargada de esa humedad que se pega en la ropa por dentro y por fuera. Escuchar al entrenador que te grita, - ¡Dale, vos podés! ¡Una vuelta más! - Seguir hasta caer en la cama rendido a las 11 de la noche. Sonriendo entre extraños con la misma cara de cansado que vos durante año y medio.
Incertidumbre es levantarte una mañana con el destino en la cabeza: China, sólo, sin hablar el idioma, con una valija y el inglés como mis aliados. Anunciarle a tu mamá: “Me voy a China en Marzo”. Perdido en el éter de la vida, tomé una de las decisiones más importantes de mi vida con la almohada otra vez como única aliada. Siete de los mejores meses me esperaron. Llenos de peripecias y aventuras, pero mierda, que buenos siete meses fueron al final de cuentas.
Incertidumbre es una llamada que cambia tu vida. Literalmente, de la noche a la mañana. Dejar todo. Viajar 56 horas para ver a tu papá que se muere. Agarrar tu caparazón y usarlo de escudo. Caminar pasillos desinfectados de virus y bacterias, pero repletos de mentes enfermas. Levantar el ataúd, de eso que hasta horas antes era tu viejo, y salir rumbo a lo desconocido del mañana.
Incertidumbre es chatear con alguien que conoce tu vida mejor que vos. Te leyó los pensamientos en línea. Descifró algunos de tus secretos, y quiere aprender el idioma de los que les falta. Encontrarla con la cabeza dentro del horno con los guantes de goma puestos, embadurnada en espuma limpiadora. Reír juntos ante lo absurdo. Dormirse de madrugada transpirados, salivados, colgados de los ojos del otro luego de una sesión de carnalidad desenfrenada. Despertar con todos tus órganos en su lugar. Buscarle la quinta pata al gato juntos en los meses que vendrán hasta enamorarse como dos adolescentes estupidificados por las hormonas.
Sólo mis pensamientos y yo. Siempre de la noche a la mañana, mirando al futuro incierto sin temor. Eso es la incertidumbre. El instante en que se apodera de vos una energía igual a la de saltar al frente de un tipo amenazante. A la de tomar decisiones por impulso.
Sos un impulso que todo lo puede.
La incertidumbre es sólo un momento de duda frente al impulso, tómalo o déjalo. Yo sigo eligiendo tomarlo. La vida es muy aburrida para no hacerlo.

II

Levantarte de la cama,
el nanosegundo
exacto
en el cual tomamos la decisión,
allí, todos tememos
apoyar nuestros pies,
resbalarnos camino al baño,
partirnos la cabeza
contra el inodoro
cagado,
que nos encuentren así,
semidesnudos,
con la cabeza manchada
de mierda y sangre.
Ese instante profético
al que no escuchamos nunca.
Ese momento de claridad deífica
al que nunca escuchamos,
eso es la incertidumbre




Juan Miguel Idiazabal, (Argentina, Mar del Plata) (1984). Traductor Público y Docente de Inglés. Miembro del colectivo La Prosa Mutante; de la SEA; y de la Asociación de Escritores de Euskadi. Publicó 10 libros a la fecha, el último es Mateando con Mao (2019, Rangún). Dirige el sello independiente Herensuge. Participó de más de 50 publicaciones en antologías, revistas y diarios tanto impresas como digitales en español e inglés.

lunes, 25 de mayo de 2020

Las horas derramadas, por Pablo Di Marco




Comienzo de la novela Las horas derramadas, de próxima publicación en Editorial Dualidad.


La enfermera lo llevó por un pasillo de paredes descascaradas. En el salón lo envolvió el hedor agrio: la piel de los viejos enfermos.

Veinte o treinta cuerpos se aferraban a las horas, la vista ciega en un televisor sin sonido. Veinte o treinta despojos apenas manteniéndose a flote en aquel mar muerto.

La enfermera le murmuró algo al oído a uno de ellos y empujó la silla de ruedas hasta una esquina de la sala. Gabriel se quitó del hombro una pelusa inexistente y se sentó frente al anciano.

—¿Cómo estás? —dijo.

Dos ranuras se entreabrieron, dieron lugar a dos perlas opacas. Un pliegue profundo: la sonrisa sin dientes.

—Lo felicito, don Nicolás —dijo la enfermera—: su hijo está cada día más buen mozo y elegante. Tengo que custodiarlo para que las empleadas no lo secuestren en el camino. —Y, antes de retirarse, se acercó a Gabriel y le dijo por lo bajo—: Tuvimos que quitarle la dentadura postiza.

—¿Por?

—El mes pasado casi se la traga durmiendo.

El viejo enderezó el cuello, alzó las cejas apergaminando aún más la frente. Lo miró.

—¿Te gusta el traje? —preguntó Gabriel ajustándose el nudo de la corbata—. ¿Lindo, no? Me están yendo bien las cosas en La Empresa, papá.

—Empresa…

—Muy bien me están yendo las cosas. El mes pasado me ascendieron y me mejoraron el sueldo. Ahora trabajo más que antes, estoy al frente de un departamento con muchos empleados. Bastante responsabilidad, pero estoy contento. Si sigo así, en poco tiempo te voy a poder sacar de acá. Quiero que estés en un lugar mejor.

La humedad de los ojos del viejo, ya incapaz de darle brillo a su mirada, se pronunció y se derramó en las ojeras. Una leve agitación en el pecho.

—F… facultad.

—Ya la terminé, papá. Hace varios años. ¿Cuántas veces te lo dije?

El viejo apoyó la mano temblorosa sobre la de su hijo. Sobresaltado al notar la piel fría y venosa, Gabriel intentó ahuyentar la aversión. Vio al resto de aquellos desechos amodorrarse delante de un televisor que lanzaba estúpidos dibujos animados. Después se perdió varios segundos en una rajadura profunda que zigzagueaba en el cielo raso. Le recordó a una serpiente.

—¿Necesitás algo? Me tengo que ir.

El viejo simulaba no oírlo, Gabriel se daba cuenta.

—Se me hace tarde, papá, me esperan en el trabajo. Si te portás bien, te prometo que vuelvo la semana que viene.

—Bien… —trataba de sujetarle la mano—. Bien me porto yo.

—¿Querés que te lleve con tus amigos? —Gabriel liberó la mano, se levantó.

El viejo parecía desprenderse del soplo de vida, ya se dejaba llevar en la silla de ruedas.

—Acá estás bien, papá —dijo tras colocarlo cerca del televisor—. Te quiero. Portate bien.


Gabriel se alejó maquinalmente, y cuadras después se dejó tragar por la boca del subte. La masa de gente lo arrastró hasta un vagón repleto.

Apretujada frente a él, una adolescente con el brazo pegado al cuerpo sostenía un libro. Leía, ávida.

Gabriel echó el cuello hacia atrás, y mientras el chirriar de las ruedas del vagón le castigaba los oídos, leyó en la cubierta: Viaje al fin de la noche. Sorprendente: alguien concentrado en una novela. ¿Por qué una chica tan joven leería ese libro? Un ejemplar viejo, sus páginas amarillas y los bordes de la tapa desgastados. Se lo debía de haber prestado un familiar, o lo habría canjeado en un negocio de algún pasadizo perdido. Él en su biblioteca tenía Viaje, lo había comprado en la Gran Librería años atrás. Otros tiempos: ni aquel laberinto de galerías rebosantes de libros ni su amor por la lectura seguían de pie.

Ni siquiera leí el cuento que escribió Aída, pensó. Ya hace dos meses… ilusionada, me pidió que lo leyera. Pero no pasé de la segunda página.

—Aída— murmuró, y se dejó arrastrar por otra marea de gente que lo lanzó del vagón.

Subía uno a uno los escalones, y la rajadura del cielo raso del geriátrico se desplegaba inmensa en las paredes de su mente.

El techo del geriátrico. Podría quebrarse de una vez.

Y pensó: Así nos termina de matar a todos.




Pablo Di Marco (Argentina) Autor de las novelas Las horas derramadas, Tríptico del desamparo, Espiral y Cuando éramos tres. Autor del libro de entrevistas Un café en Buenos Aires, conversaciones con escritores, lectores y libreros.


sábado, 16 de mayo de 2020

Hermanas de intercambio, por Eudris Planche Savón


A continuación compartimos dos capítulos de la novela Hermanas de intercambio (Editorial Gente Nueva, Cuba, 2016; Editorial Milena Caserola, Argentina, 2019). Mención única del Premio Nacional David 2013. Premio Nacional Pinos Nuevos 2015. Nominada al Premio Anual de la Crítica Literaria en 2017.

Capítulo 3. Enumerar Papás y Papá 1 cantando bajo la ducha


Estoy contenta. Papá 2 salió cantando por la televisión en un programa de música del ayer.
Eso de Papá 2 fue una idea que se me ocurrió hace tiempo, para no confundirme. El de la televisión no es el mismo que tengo aquí en la casa. Mi papá de la televisión es Camilo Sesto, un cantante famoso por el que mami me nombró. Y cuando estaba romántica oyendo su música, decía:

—¡Ven a escuchar a tu padre, Camila!

Yo muy contenta, movía la boca como si cantara; porque no me sabía bien las letras. A mami, de la emoción, se le salían las lágrimas.

—Ese es mi hombre —decía.

Y entonces mi Papá 1; el de la casa, muy bravo se encerraba en el baño a cantar, bajo la ducha, con su voz ronca.

—Ese escándalo de tu padre rompe el ambiente —gritaba mami.

Entonces resumo:

Papá 1: es el de la casa, ese que canta ronco y feo.
Papá 2: es el de mentirita, el del «vozarrón divino de los ocho mil dioses»—como dice mami.
Y yo me llamo Camila Decastilla Sesto Lorencillo.

Explico de otra forma:
Decastilla: por mi papá verdadero, digo Papá 1.
Sesto: por Camilo Sesto.
Lorencillo: por mi mamá.

En la escuela mis amigas me critican:

—Camila, eres muy extraña, ¿cómo te va a gustar esa música tan vieja?

Yo les digo que sí me gusta, pero también escucho rap, discoteca y salsa. Aunque lo del rap —mejor lo digo bien bajito— es mentira.


Capítulo 5. Las medallas de la No Tía


Mi No Tía es psicóloga, pero también judoka. Cuando ella me agradaba, escuchar sus historias era lo máximo. Sobre todo, las de esas medallas que están colgadas en la pared de su sala:

—Esta la gané por derribar a Matriuska, una rusa que era buenísima. Fue con un Waza- ari.

—Esta otra por un Ippon que le di a Guachafita Joropo, la venezolana. Fue en un Campeonato Mundial.

—Esta por un Sankaku Jime contra Pippa Mediasrötas, una sueca.

—Y esta chiquita se la arranqué del cuello a una brasileña, por robarme el novio. También la derribé con un Yuko.

Mi No Tía es tremenda psicodeportista, abusadora y enreda chismes sobre mí. Una vez utilicé como semicírculo, la medalla de oro que ganó al darle dos Waza-ari a una chilena. La tomé a escondidas y le hice ruedas a la bicicleta de mi dibujo.

Desde que le dieron medalla de plata, al perder ante la ecuatoriana por un Ippon, está de lo más pesada. Por eso ahora es mi No Tía.

—¿Y qué contra es Ippon, Waza-ari, Yuko, y Sankaku Jime, tíaaa?

Fue lo que dije la primera vez que me habló de sus medallas.

—Ippon es agarrar a una compañera de tu aula, y hacerla caer de espalda. Waza-ari es tumbar a esa misma compañera de tu aula...

—¿Puede ser a Kasandra, tía?

—¡A quien tú quieras! Como te decía: Wazaari es tumbar a la Kasandra esa, pero que no llegue a caer de espalda como en el Ippon.

Yuko es que tires a Kasandra al suelo y caiga de lado. Y Sankaku Jime, es que la aprietes por el cuello con las piernas.

—¿Y si ella es más fuerte que yo, la puedo morder o hacerle cosquillas, tía?

—Si lo haces te pueden aplicar un Shido, que es “Falta”, y te quitan puntos.

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Eudris Planche Savón  (1985)Cuba. Egresado en 2008 del Centro de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso, actualmente se desempeña como subdirector de esta escuela fundada en 1998 y que ha tenido como profesores invitados a autores como José Saramago, Eduardo Galeano, Liliana Heker y Luisa Valenzuela. Coordinador del Encuentro de Jóvenes Escritores de Iberoamérica y el Caribe, dentro del marco de la Feria Internacional del Libro de La Habana.

Representó a Cuba en La Feria Internacional del Libro de Buenos Aires, Argentina, 2019 y Feria Internacional del Libro de Los Canelones, Uruguay, 2019. Así como VII Festival Internacional Va Poesía Argentina, 2019.
Ha obtenido numerosos reconocimientos y menciones internacionales por su obra. Otras publicaciones suyas aparecen en revistas de Argentina, Cuba, España, Estados Unidos y México